Como opino que el ser humano ha avanzado poco o nada en "humanidad", y que en el fondo somos egoístas que ayudamos a nuestros iguales pero damos la espalda a las personas y a los pueblos que nos dan qué pensar... bien podría seguir así mucho tiempo.
Por ello, hoy traigo al blog una obra maestra indiscutible de la cinematografía de todos los tiempos. Una de esas cintas con las que, como espectadora, disfruto del séptimo arte en su máxima expresión y que, al mismo tiempo, nos obliga a pensar en los más necesitados y en los oprimidos. Si una se pregunta por qué no suele estar entre las cien mejores películas de la historia, la respuesta es sencilla: pocos son los que la conocen. Tal vez su abrumadora duración y la dureza de su temática influyan en este inmerecido olvido.
Hablamos de un alegato antibelicista mayúsculo (Ningen no joken). Su duración total ronda las nueve horas y media, motivo por el cual su director la dividió en tres películas a efectos de exhibición comercial. Siempre aconsejo verla del tirón, aunque, por supuesto, haciendo alguna breve pausa para asimilar su impacto. A diferencia de otras películas de esta temática como La lista de Schindler, que pueden buscar la lágrima fácil, aquí se busca sacudir conciencias.
La historia está basada en la monumental novela homónima (publicada originalmente en seis volúmenes) de Jumpei Gomikawa. Y aquí es necesario hacer un inciso para lamentar una auténtica tragedia literaria: a día de hoy, ni un solo libro de Gomikawa está publicado en español. Resulta incomprensible que una obra de este calibre, que inspiró una de las cumbres del cine, siga siendo inaccesible en nuestro idioma, ni siquiera esta maravilla.
El director de esta proeza es Masaki Kobayashi (小林 正樹), nacido en Hokkaido el 14 de febrero de 1916 y fallecido en Tokio en 1996. Su propia vida está intrínsecamente ligada a la de la película: fue reclutado por el ejército imperial japonés, pero, movido por sus firmes convicciones de izquierdas, se negó a combatir y rechazó cualquier tipo de ascenso que lo alejara de su condición de soldado raso. Toda esa experiencia vital impregna cada fotograma de la obra. (Además de la película de la que os hablo hoy, también dirigió joyas como Seppuku / Harakiri, Kwaidan y Samurai Rebellion).
Pero si hay un nombre que debemos grabar a fuego, es el de su protagonista: Tatsuya Nakadai. Lo que este actor hizo por la película va mucho más allá de una simple interpretación. Nakadai, por entonces un actor de teatro casi desconocido por el que Kobayashi apostó ciegamente, dedicó cuatro años de su vida en exclusiva a este proyecto. Durante todo ese tiempo, se negó a aceptar ningún otro papel para no abandonar el tortuoso estado mental de su personaje, sufriendo un desgaste físico y psicológico en paralelo. Una inmersión total que lo consagró para siempre.
En esta primera entrega, titulada No hay amor más grande, ambientada en la Segunda Guerra Mundial y estrenada en 1959, conocemos a Kaji (Nakadai): un joven idealista, antimilitarista y comunista japonés que intenta por todos los medios evitar ser reclutado para la guerra. Para librarse, acepta un puesto como supervisor en una empresa minera al servicio de la maquinaria bélica en Manchuria, territorio chino conquistado por Japón (1931-1945). Allí es destinado con su esposa Michiko (Michiyo Aratama) con un encargo casi imposible: aumentar la producción de carbón en un 20%.
Desde el principio, los métodos de Kaji chocan frontalmente con la crueldad de sus colegas. Ve a los trabajadores chinos como seres humanos iguales a él, y no como a los animales que sus compatriotas desprecian. La situación, ya de por sí tensa, se vuelve insostenible cuando el ejército envía a 600 prisioneros para realizar trabajos forzados en la mina.
Sintiéndose responsable, Kaji se compromete a garantizar la seguridad de los presos, jurando responder personalmente si alguno intenta fugarse. A partir de aquí, asistimos a su calvario: por oponerse firmemente a unas ejecuciones sumarias y tener un enfrentamiento directo con la autoridad militar, nuestro protagonista es hecho prisionero y brutalmente torturado. Lo más desolador es que su sacrificio es en vano; después de tantas vicisitudes donde su única preocupación era ayudar a la población china, sufre la incomprensión de los japoneses y el abucheo de unos prisioneros que no supieron comprender su esfuerzo.
El trágico clímax culmina con lo que él más temía: despojado de su exención, Kaji es finalmente reclutado como soldado.
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| Masaki Kobayashi |


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