A la espera de las novedades que nos deparan los grandes certámenes de cine, siempre es un buen ejercicio echar la vista atrás y rescatar joyas como las que pasaron por el Festival de Cannes de 2009. Aquel año, el maestro Hirokazu Kore-eda presentó Air Doll, programada dentro de la exigente sección Un Certain Regard. Como aficionada acérrima al cine japonés, para mí este director es siempre una garantía absoluta de calidad. Ya nos había cautivado en 2008 cuando pasó por el Festival de San Sebastián con Aruitemo, Aruitemo (Still Walking, Caminando), demostrando que, afortunadamente, cada vez son más las películas asiáticas que consiguen hacerse un merecido hueco en nuestras carteleras comerciales.
El guion de la película nace de un manga de Yoshiie Goda y se adentra en una de esas realidades sociológicas que a menudo nos llegan desde Japón y resultan tan curiosas como sorprendentes: la de los hombres solitarios (y no tan solitarios) que conviven con muñecas hinchables a modo de compañeras y juguetes sexuales.
Nuestra protagonista es precisamente una de estas muñecas, Nozomi. Está interpretada por Bae Doo-na, una actriz coreana que hace un trabajo sencillamente estupendo, dotando al personaje de una fragilidad y una inocencia cautivadora. Nozomi es propiedad de Hideo (Itsuji Itao), un tipo anodino y baboso donde los haya. La magia de la historia arranca cuando, en un claro guiño al mito de Pinocho, la muñeca cobra vida de forma inexplicable y desarrolla un corazón, un alma, eso que los japoneses llaman kokoro (心).
La dinámica que se establece es fascinante: cada mañana, en cuanto Hideo cierra la puerta para irse a trabajar, ella se transforma. Sale de casa y comienza a descubrir el mundo exterior con los ojos muy abiertos. Aunque como espectadora nunca olvido del todo la naturaleza plástica de la protagonista, la dirección es tan sutil que es imposible no quedarse inmersa en la historia. Te la crees por completo cuando empieza a hablar, a interactuar y a trabajar en un videoclub local.
Kore-eda rodea a Nozomi de un microcosmos de personajes secundarios magníficamente elaborados. Son figuras rotas y complejas con las que cualquiera puede empatizar, ya que sus problemas, sus miedos y ese profundo sentimiento de vacío existencial son absolutamente universales, sin importar la nacionalidad.
Todo este viaje vital desemboca en un final verdaderamente sorprendente e impactante. Un desenlace poético y crudo que te sacude justo cuando, atrapada por la humanidad del relato, casi habías olvidado que ella, al fin y al cabo, es solo una muñeca.
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| Hirokazu Kore-eda |


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