El 30 de noviembre de 2009 nos dejaba Jacinto Molina Álvarez, universalmente conocido como Paul Naschy. Se apagaba así el hombre lobo por excelencia del cine español, y aunque en realidad no hizo tantos "lobos" como el imaginario colectivo suele creer —su icónico Waldemar Daninsky es historia pura del fantaterror—, la noticia de su muerte se sintió profundamente. Naschy era, sencillamente, una de esas personas que caía bien a todo el mundo.
Como espectadora, siempre he tenido una conexión muy particular con su trabajo: película suya que caía en mis manos, película que veía, por mala que fuese. Y hay que ser honestas, en una filmografía tan inmensa e incansable es inevitable encontrarse con algún que otro bodrio. Pero no sé qué tenía este hombre; poseía un carisma tan genuino que su sola presencia en pantalla era lo suficientemente importante como para que la película ya mereciera la pena. Él levantaba las historias con su pura pasión por el género.
A menudo se olvida que, además de ponerle rostro a nuestros monstruos, fue un creador total: director, guionista y un absoluto pionero. No es casualidad que su figura alcanzara un estatus de culto y una enorme fama en Norteamérica y en Japón, donde su obra sigue siendo estudiada y venerada con un respeto admirable.
Su adiós cinematográfico nos llegó con el estreno póstumo de La herencia de Valdemar a principios de 2010. Sin embargo, me quedo con la imagen de septiembre de 2009, en el Festival de Cine Fantástico de Estepona. Aquel vídeo con la interminable y emocionante ovación que el público le brindó en pie fue el homenaje definitivo. Un aplauso lleno de cariño para un gigante de nuestro cine.

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