El autor japonés por excelencia, con el permiso de gigantes como Tanizaki, Kawabata o Sōseki, es sin duda Kenzaburō Ōe. Nacido en 1935 en una pequeña aldea rodeada por los densos bosques de Shikoku, su llegada a Tokio en 1954 supuso un choque cultural formidable. Acostumbrado al dialecto de su región aislada, tuvo que perfeccionar su japonés al llegar a la capital. Esta dualidad entre la gran metrópolis y el origen rural marca toda su obra.
Para quienes no se hayan acercado aún a su universo, la puerta de entrada perfecta es La presa (飼育, publicada en 1957). Se trata de una novela corta (un librito que no llega a los 5 euros) con la que un jovencísimo Ōe se alzó con el prestigioso Premio Akutagawa.
La historia nos sitúa durante la Guerra del Pacífico (1937-1945). Un avión enemigo se estrella cerca de una aldea de cazadores perdida en las montañas. Los habitantes capturan al único superviviente: un soldado estadounidense negro. Para los niños de la aldea, aislados de la realidad geopolítica, la llegada de este hombre no representa la caída de un enemigo, sino un acontecimiento fascinante: ¡es un negro, un negro! ¡No un enemigo!.
Narrada desde la perspectiva de uno de esos niños, la captura altera por completo el ecosistema de la aldea. Aquí Ōe despliega magistralmente su concepto de la Aldea-Mundo: utiliza un espacio reducidísimo (su aldea natal en Shikoku) para abordar dilemas universales. A través de lo que él denominó realismo grotesco, Ōe se aleja de la elegancia sutil y etérea de su predecesor Yasunari Kawabata. En La presa, las imágenes son crudas, viscerales y, a veces, perturbadoras. El autor no teme mostrar la fealdad moral, la deformidad física y la pérdida abrupta de la inocencia infantil cuando el mundo de los adultos, marcado por la crueldad de la guerra, choca violentamente con el microcosmos de los niños.


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