Osamu Dazai (cuyo verdadero nombre era Shuji Tsushima 津島修治) nació en 1909 y falleció en 1948. Supongo que Sajalín Editores sabía perfectamente, cuando decidió publicar este libro, la legión de admiradores que iba a cosechar. Por mi parte, no quedará sitio donde no hable de él. Cuando termina el año y siempre se hace esa ineludible lista de los cinco o diez libros imprescindibles, Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku 人間失格) tiene que estar el primero de la lista; o, al menos, entre los cinco primeros, y de ahí no lo muevo.
Primero, cómo no, hay que hablar de la edición. Tiene tan solo ciento veinticuatro páginas, pero es de una tapa blanda con una cubierta magnífica, de esas que se ven pocas. La fotografía del autor, con esa expresión inescrutable, el fondo en blanco, y el lomo y la contracubierta de un vibrante color naranja a juego con el título. Ya sé que es un formato tipo bolsillo, pero ahí reside precisamente la grandeza de esta edición: es un libro pequeño con una categoría inmensa. Además, cuenta con la traducción que Montse Watkins realizó en 1999, de la que hablaré más abajo.
El libro comienza con una de las declaraciones más demoledoras de la literatura: "Mi vida ha estado llena de vergüenza. La verdad es que no tengo la más remota idea de lo que es vivir como un ser humano". La vida a la que se refiere es la de Oba Yozo (大庭葉蔵), el nombre bajo el que se oculta el protagonista.
En esas primeras páginas, el narrador confiesa el terror absoluto que le producía la gente. Si alguien le decía algo desagradable, lo sufría en el más absoluto silencio. Sus recuerdos se basan en la sensación de haber vivido en un infierno constante. El pavor que le producían los demás hizo que adoptara una máscara: las bufonadas. Recurría a ellas en cualquier situación para acercarse a los otros; solo quería que se rieran, conseguir que lo tomaran por un niño travieso.
Sin embargo, hay un punto de inflexión. La violación que sufrió de niño lo marcó para el resto de su vida. Como él mismo explica, le hicieron perder la castidad, un hecho traumático que arrastra en silencio. Él mismo llega a decir que si tuviese por costumbre contar las cosas tal como eran...
Es aquí donde el paralelismo con la vida real del autor vuelve la obra doblemente sobrecogedora. Este ser humano, Yozo, que termina hundido en la drogadicción y acaba suicidándose junto a su amada, es un reflejo casi exacto del propio Dazai. Indigno de ser humano funciona como un testamento literario. Dazai cuenta la vida de Oba Yozo de forma tan sencilla y directa que, sin darte cuenta, de repente te asesta el párrafo más duro y crudo que puedas imaginar. Es una lectura magnífica, una herida abierta.
En el libro, justo debajo del nombre de la traductora, una nota indica que Sajalín Editores declara su disposición a satisfacer los derechos de traducción a los herederos de Montse Watkins, los cuales no han podido ser localizados.
Después de leer este libro y conocer un poquito la tragedia de la traductora, creo que ella debe ocupar un lugar en esta misma entrada. No porque haya algo en común en sus vidas —en nada se parecen—, sino por la inmensa cantidad de horas que tuvo que dedicar a la traducción para que personas como yo pudiéramos disfrutar de su lectura, sin que ella pudiera llegar a conocer el éxito de este bello libro. No sé explicarlo bien, pero me hizo recordar a mi tía Rosa, a la que quiero mucho, que tenía más o menos la misma edad que Montse y que un buen día dijo que se iba.
Además de irse a Japón, Montse Watkins estudió su idioma, trabajó para la agencia EFE, escribió libros y fundó la editorial Luna Books. Y, según cuentan las crónicas, era una persona maravillosa.
El siguiente enlace, como ella dice son unas reflexiones, sobre la dificultad de la traducción del Japonés,
Reflexiones sobre la traducción de literatura Japonesa al castellano![]() |
| Montse Watkins |


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