Cuando terminé de leer El cortador de cañas (Ashikari, 1932) de Jun'ichirō Tanizaki, confieso que me quedé un tanto desconcertada. Había disfrutado muchísimo con La madre del capitán Shigemoto y El elogio de la sombra, pero esta novela corta me pareció tan alejada de cualquier realidad tangible que llegué a preguntarme si me faltaba sensibilidad para apreciarla o si, simplemente, era excesivamente poética.
La historia arranca con una atmósfera casi fantasmal: un narrador pasea por las orillas del río Yodo bajo la luz de la luna llena, buscando un refugio apartado, "algún lugar oscuro y olvidado donde se pueda ir dando un paseo y volver en dos o tres horas". Se deja conmover por la naturaleza más sencilla, afirmando que "son esos montes y esos ríos vulgares, ni majestuosos ni incomparables, los que me invitan a una dulce ensoñación y me dan ganas de quedarme para siempre". Allí, de la forma más inesperada, un desconocido le dirige la palabra con una familiaridad inaudita y comienza a relatarle una historia.
Es en este relato dentro del relato donde la novela desvela su verdadero carácter. La historia que cuenta este extraño gira en torno a su padre y a dos hermanas de una belleza y elegancia anacrónicas: la señorita Oyu y Oshizu. Lo que Tanizaki nos presenta no es costumbrismo, sino una melancólica evocación de un Japón antiguo que se desvanece. Describe a Oyu como una figura casi mitológica, "una mujer tan refinada como esas damas de la corte a las que uno se imagina con una túnica larga de ceremonia y leyendo el Genji detrás de las cortinas; no se iba a contentar con una geisha".
La trama se adentra en un complejo y extraño triángulo emocional cuando Oshizu acepta casarse con el padre del narrador, pero imponiendo una condición inaudita motivada por la devoción hacia su hermana mayor: "Te he aceptado porque sé lo que siente mi hermana. [...] Te ruego que la hagas feliz; a mí no me importa ser tu esposa sólo de nombre". Una situación que culmina en una peculiar convivencia donde los límites del matrimonio y el amor platónico se desdibujan.
Al final, comprendí que la irrealidad de la obra es totalmente intencionada. El título y la forma del relato son un homenaje directo al teatro clásico Nō. No es una historia para buscarle lógica temporal, sino para dejarse llevar por esa estética sutil y nostálgica en la que, todavía hoy, si miramos a través del seto en una noche de plenilunio, casi podemos imaginar a la señorita Oyu tocando el koto mientras sus doncellas danzan para ella.
Una lectura peculiar que me confirma algo que ya sospechaba: con Tanizaki siempre hay mucho territorio por descubrir.


Comentarios