Despedidas (Okuribito おくりびと) - Yōjirō Takita - El maestro, el discípulo y el arte de dignificar el tránsito
Dirigida por Yōjirō Takita en 2008, Okuribito no es solo una película sobre la muerte, sino un canto compasivo y luminoso a la vida. La historia nos sitúa tras los pasos de Daigo Kobayashi (Masahiro Motoki), un violonchelista que, tras el fracaso de su carrera en Tokio, regresa a su provincia natal. Allí, por un equívoco en un anuncio de trabajo, acaba empleado como nokanshi: un profesional que lava, prepara y viste a los difuntos antes de la cremación, en presencia de sus familias.
Lo que en un principio comienza casi como una comedia de enredos existencial, se transforma lentamente en una de las exploraciones más hermosas que ha dado el celuloide sobre el perdón, la vocación y el respeto.
La figura del maestro: Sasaki y Daigo
Si hay un pilar que sostiene la carga emocional de la película, es la relación que se forja entre Daigo y su jefe, Sasaki, interpretado por el inmenso Tsutomu Yamazaki. Sasaki no es un mentor al uso; es un hombre de pocas palabras, hosco en apariencia, pero dueño de una sensibilidad abrumadora.
Para un Daigo desorientado, arrastrando el trauma del abandono paterno desde la infancia, Sasaki se erige involuntariamente como una figura paterna y un ancla vital. La transmisión del conocimiento entre ellos no ocurre a través de grandes discursos filosóficos, sino mediante el ejemplo y de la práctica misma del rito. Hay un contraste fascinante que la película maneja con brillantez: quienes trabajan rodeados de muerte son, paradójicamente, quienes más disfrutan de los placeres primarios de la vida. Las escenas donde maestro y aprendiz comparten comida —ya sea pollo frito o huevas de pez globo— son de una calidez reconfortante; nos recuerdan que alimentarse, devorar con ganas, es la máxima afirmación de estar vivos.
El peso de la tradición y la ruptura del tabú
El viaje de Daigo también nos permite adentrarnos en las contradicciones de la sociedad japonesa frente a la muerte. A pesar de los elaborados ritos budistas y sintoístas, el contacto físico con los cadáveres arrastra un fuerte estigma de impureza (kegare). La película no oculta el rechazo social al que se enfrenta el protagonista; incluso su propia esposa lo mira con repulsión al descubrir su verdadero oficio.
Sin embargo, Takita deconstruye este tabú a través de la belleza visual. La ceremonia del amortajamiento es mostrada como una coreografía exquisita, precisa y llena de compasión. Las manos de Daigo, antes consagradas a acariciar las cuerdas de un violonchelo, aprenden a "afinar" a los seres humanos para su último concierto. Con cada pliegue de tela y cada gesto de limpieza, el nokanshi devuelve la dignidad al difunto y, lo que es más importante, ofrece consuelo y sanación a los familiares que observan. El rito no es para los muertos, es para los vivos.
La música de Joe Hisaishi
Despedidas es, en definitiva, una obra conmovedora e imprescindible. Una de esas raras películas que te reconcilian con el mundo y que, por mucho tiempo que pase, sigue resonando con la misma pureza.
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| Yōjirō Takita |


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