La condición humana II: El camino a la eternidad (1959). Si como espectadora tuviera que darle un calificativo nada más empezar, sería, sin dudarlo, el de obra maestra excepcional.
Siempre he pensado que si Stanley Kubrick hubiese sido del todo sincero cuando estrenó en 1987 La chaqueta metálica (Full Metal Jacket), habría admitido que se inspiró —y mucho— en La condición humana. Tal vez, si lo hubiera reconocido públicamente, el film de Kobayashi sería hoy más conocido en Occidente y ocuparía el lugar masivo que por derecho le corresponde en la historia del cine. Y es que Kubrick calcó, de forma casi idéntica, toda la primera parte de su famosa cinta bélica basándose en el asfixiante calvario militar que retrata esta segunda entrega.
En esta película (que abarca las partes 3 y 4 de la monumental y tristemente no traducida obra de Jumpei Gomikawa), retomamos la historia con una duración de casi tres horas. Kaji, despojado de su exención civil, es destinado como soldado raso al gélido y hostil norte de Manchuria.
Como curiosidad fascinante sobre la producción, aunque la historia transcurre en Manchuria, intentar grabar en la China comunista era políticamente imposible en la época. Por ello, Kobayashi decidió rodar en Hokkaido, la isla más septentrional de Japón y, precisamente, su tierra natal. Su nivel de exigencia fue asombroso: el equipo pasaba semanas esperando pacientemente a que las nubes, el viento helado o la nieve fueran exactamente idénticos a los que el director recordaba de sus años en el ejército imperial, logrando recrear el infierno siberiano con un realismo sobrecogedor.
Sobre la brutalidad sistémica del ejército japonés —incluso entre sus propias filas— ya hablé en mi reseña sobre El holocausto asiático de Laurence Rees. Pero verlo plasmado aquí hiela la sangre: el peor de los destinos para un pacifista convencido es, sin duda, la maquinaria militar. En el campamento se corre la voz de que Kaji es simpatizante comunista, por lo que sufre el doble de presión; sin embargo, él se esfuerza por ser un soldado modelo para no darles excusas.
Durante la tercera parte de la historia, Kaji y sus compañeros reclutas son sometidos a torturas y vejaciones constantes por parte de los veteranos. Nakadai nos regala una interpretación magistral soportando los abusos estoicamente, negándose a devolver los golpes. Una desea con todas sus fuerzas que estalle y se defienda, pero al mismo tiempo nos dejamos llevar por la fascinación de comprobar hasta dónde puede resistir la humanidad de este hombre frente a la barbarie absoluta.
A pesar de tanta dureza, la poesía está muy presente en la narrativa cinematográfica y asoma cuando menos lo esperas. En un momento profundamente conmovedor, cuando su amigo Shinjo planea desertar para huir del horror, Kaji intenta disuadirlo con una frase bellísima: "Hermosas flores a los lados no justifican abandonar el camino".
La cuarta parte nos arroja finalmente al caos del combate en el frente contra los rusos. En medio de la carnicería, Kaji ya solo tiene una idea fija en la cabeza: sobrevivir para cumplir la promesa que le dio a su esposa Michiko. En el más desgarrador de los giros para sus arraigados ideales pacifistas, se ve obligado a hacer lo indecible: matar al enemigo para poder salvar su propia vida y volver con su amada.
La condición humana III

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