La eterna candidata y el Nobel que no fue
Joyce Carol Oates es toda una institución literaria. Esta neoyorquina, nacida en 1938 y con más de cien publicaciones a sus espaldas, es profesora en la Universidad de Princeton y se encarga de lidiar con las cosas terrenales tras haberse vuelto a casar hace un año con un señor bastante mandón (dicho por ella misma).
Mi acercamiento a esta novela tuvo mucho que ver con los premios Nobel de aquel año. Yo estaba atenta a las quinielas, esperando que premiaran a algún escritor desconocido de nombre impronunciable, como el keniata Ngugi wa Thiong'o, el coreano Ko Un o el sirio Adonis. Al final, mira tú por dónde, se lo dieron a Mario Vargas Llosa. Dejando a un lado el trabajo de su representante, me alegré; aunque es un tipo presumido y de derechas (dos cualidades que no me gustan nada), me encanta cómo escribe y en cualquier momento intimaremos con El sueño del celta.
Pero volviendo a Oates, ella es la eterna candidata al Nobel. Como nunca había leído nada suyo, al ver una entrevista en televisión donde presentaba Ave del paraíso en España, decidí que era el momento de conocerla. Ya que no le dieron el premio a una desconocida, y ella lo era para mí, me animé a comprarme este buen "tocho" para salir de dudas.
Un drama familiar en Sparta
La historia nos traslada a una pequeña ciudad llamada Sparta. Como apunte curioso, este territorio geográfico y emocional es una ubicación mítica recurrente en su obra, el mismo que explora en otros éxitos como La hija del sepulturero. Allí, una joven llamada Krista nos relata la historia de su familia, centrándose especialmente en la figura de su padre y en cómo las cosas pueden torcerse por un suceso que, en apariencia, no tiene nada que ver con ellos: el asesinato de Zoe. Esta última era una mujer guapísima y encantadora, casada con un hombre medio indio y madre de un hijo, Aaron.
A partir de ahí, el desarrollo de la historia adopta tintes de folletín: asesinatos, adulterio (cuernos, hablando claro) y drogas. Puede parecer un planteamiento algo manido, pero esconde una verdad innegable que a menudo pasamos por alto: los errores de los padres acaban recayendo sobre los hijos, que crecen arrastrando sufrimiento y rencor.
El magnetismo de una autora incombustible
Hay un par de detalles de esta mujer que me dejan fascinada y explican por qué no pasa desapercibida. Es tan prolífica que ha tenido que publicar numerosas obras bajo seudónimos como Rosamond Smith o Lauren Kelly por puro exceso de producción. Además, criada en la estricta ética laboral de sus padres, afirma con rotundidad que nunca se ha tomado un solo día de descanso o de vacaciones en toda su vida.
Veredicto: Entretenida, pero prescindible
¿Qué puedo decir de la lectura en sí? Es una novela más o menos entretenida y que se lee bien, pero la historia resulta bastante previsible. El final es correcto, fundamentalmente porque no había otro mejor ni posible para la trama. Siendo sincera, con esto quiero decir que, si no la hubiese leído, no me habría perdido nada del otro mundo.
A pesar de que esta historia concreta no me ha entusiasmado, creo firmemente que volveré a leer a Oates. Esta mujer tiene algo especial que me atrae.
(Nota de edición: La novela está editada por Alfaguara y traducida por José Luis López Muñoz. El diseño de la cubierta, obra de María Pérez-Aguilera, cuenta con una imagen preciosa de Trevillion Images).


Comentarios
De J Carol Oates siempre he tenido tentación de leer algo pero no lo he llegado a hacer; añado tu recomendación a los motivos por leerla
Un saludo
A Joyce Carol Oates la han traducido bastante. Tiene buena pinta “La hija del sepulturero”, tal vez le haga un sitio en la lectura.
Chao