Kiyoshi Kurosawa nos tenía acostumbradas a transitar por los rincones más oscuros del terror, el suspense y el thriller psicológico con una prolífica filmografía que incluye títulos como Cure (1997), Pulse (Kairo), Seance o Retribution (cintas que, a excepción de Pulse, fueron protagonizadas por Kōji Yakusho). Sin embargo, con Tokyo Sonata (2008), el director nipón da un giro de timón radical. En esta ocasión, el terror al que nos tiene acostumbradas desaparece para demostrarnos que el verdadero desasosiego puede esconderse en la cotidianidad de nuestro propio hogar.
Interpretada con brillantez por Haruka Igawa, Kai Inowaki, Teruyuki Kagawa, Kyoko Koizumi y Yû Koyanagi, la película es una radiografía de la desintegración de una familia japonesa contemporánea.
La fachada y la fractura
La historia arranca cuando el padre pierde su empleo. Atrapado por el miedo a que los suyos le pierdan el respeto, un reflejo muy agudo de las presiones sociales en Japón, decide ocultarlo. Cada mañana sigue saliendo "al trabajo" con normalidad, aunque su realidad consista ahora en emplearse en el servicio de limpieza de unos grandes almacenes.
Esta mentira es el desencadenante de una desconexión total bajo el mismo techo, donde cada miembro busca su propia vía de escape:
El hijo mayor decide enrolarse en el ejército norteamericano. Su objetivo es ayudar a los americanos, aunque el desarrollo del conflicto terminará por cambiar radicalmente su visión sobre sus aliados y enemigos (algo que deja plasmado en una reveladora carta a su madre).
El hijo menor, tachado de caprichoso por su padre, tiene un único deseo: aprender a tocar el piano. En un acto de rebeldía silenciosa, se las arregla para asistir a clases a escondidas, revelándose como un auténtico prodigio.
Estética del desencanto y un guion transformado
Visualmente, la película es una maravilla donde gran parte del mensaje se narra en segundo plano, una clara herencia de la época de Kurosawa en el cine de terror y el thriller psicológico. Junto a su directora de fotografía, Akiko Ashizawa, Kurosawa retrata un Tokio inusualmente lúgubre, alejado de la metrópolis brillante que solemos ver en el cine occidental, optando por una iluminación de crepúsculo constante que subraya la alienación de sus personajes. Además, resulta fascinante su uso de la composición geométrica: el director utiliza líneas rectas y encuadres muy rígidos para ilustrar el supuesto orden de la vida corporativa, contrastando visualmente con planos mucho más caóticos cuando los personajes son arrastrados a la dura realidad del desempleo.
Como curiosidad de su producción, el guion original fue concebido por el australiano Max Mannix como un drama familiar ultrarrealista, muy al estilo de Yasujirō Ozu. No obstante, Kurosawa reescribió profundamente la historia para hacerla suya. Fue él quien inyectó esa segunda mitad surrealista, casi onírica, transformando el relato en algo único. Liberado de la exigencia de provocar miedo propia del J-Horror, el director confesó que pudo filmar dejándose llevar por lo que sentía correcto en cada encuadre, sin forzar la emoción de la audiencia de antemano.
Un secuestro y una chispa de esperanza
En el tramo final de la cinta, la película nos regala la aparición del siempre inmenso Kōji Yakusho. Encarna a un ladrón de poca monta, otro desgraciado sin trabajo al que el sistema ha dejado de lado, que acaba secuestrando a la madre de la familia. Aunque su intervención dura apenas unos minutos, está estupendo y su presencia resulta un punto de inflexión fantástico.
A pesar de que la película logra que nos metamos de lleno en la historia y suframos con sus personajes por la dureza de las situaciones, Tokyo Sonata no es una película derrotista. El desenlace nos deja un mensaje profundamente esperanzador: cuando una asume lo que es y acepta la realidad, las cosas por fin funcionan. Una gran película, entretenida y muy diferente a todo lo que Kiyoshi Kurosawa había rodado anteriormente.
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| Kiyoshi Kurosawa |



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