El pasado 31 de enero desapareció Kazuhiko Hasegawa, y con él desapareció uno de los misterios más magnéticos de la cinematografía nipona. Cineasta de culto absoluto, fue el hombre que incendió el Japón de los setenta con solo dos películas para luego retirarse a sus cuarteles de invierno, dejando tras de sí un silencio que duró décadas, pero que nunca logró apagar el eco de su audacia. Precisamente esta obra, rescatada en la retrospectiva Japón en negro del Festival de San Sebastián 2008, vuelve ahora con más fuerza ante su partida.
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| El catálogo de la retrospectiva "Japón en negro" (San Sebastián. 2008) |
Del barro del "Pinky Porno" a la cima de la crítica
The Man Who Stole the Sun: El caos en el corazón de Tokio
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| Cenotafio del Parque de la Paz en Hiroshima. El peso de esta historia marcó el nacimiento de Hasegawa y define la sombra atómica que recorre su obra. (Fotografía propia de mi viaje a la ciudad) |
El profesor llama por teléfono a un programa de radio y anuncia en directo que tiene una bomba atómica, pidiendo a los oyentes que le den ideas sobre qué exigir al Gobierno. De esta forma tan surrealista, lo que empieza como una amenaza se convierte en un consultorio mediático: desde que toquen Satisfaction de los Rolling Stones (prohibidos en Japón por las drogas), hasta forzar partidos de béisbol completos en TV. De solitario reprimido pasa a ser mesías mediático, exponiendo un Japón donde el poder individual choca contra burocracia y sensacionalismo.
La película es un despliegue de genialidad y falta de piedad. Hasegawa lanzó billetes falsos desde un tejado en Ginza —con un joven Kiyoshi Kurosawa, su asistente, al borde del arresto— para capturar un caos real que se convirtió en referente icónico del noir posterior. Bunta Sugawara brilla como inspector paternalista pero ineficaz, contrapunto perfecto a la megalomanía de Sawada.
La persecución final es puro delirio guerrillero: filmada sin permisos en autopistas de Tokio, con acrobacias reales donde Sawada llega a colgar de helicópteros. En el universo de Hasegawa, la violencia es arbitraria y nadie sale indemne.
Un final para la historia
Lo que hace que esta película sea inolvidable es su cierre irónico. El profesor camina por la calle, relajado, mascando chicle con la actitud despreocupada de quien ha ganado la partida. Pero entonces, la imagen se congela y un estruendo rompe el silencio. ¿Qué ha pasado? Esa es la pregunta que Hasegawa nos lanza a la cara: ¿ha estallado la bomba o es el colapso de nuestra propia indiferencia?


























