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Cuando Masao Mikami cruza las puertas de la prisión tras 13 años de encierro, el cielo que encuentra no es solo "abierto", es inabarcable y ligeramente hostil, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad que ya no le pertenece. La película de Miwa Nishikawa (西川美和), a la que ya dediqué una entrada por su Dear Doctor, no es el típico relato de redención de Hollywood; es una disección japonesa, pausada y dolorosa, sobre lo que significa ser un "ex" en un mundo que solo entiende de etiquetas presentes.
1. El hombre fuera del tiempo
Koji Yakusho (役所広司 / やくしょ こうじ) mi actor fetiche por excelencia, interpreta a Mikami con una vulnerabilidad física que asusta: es un hombre de 60 años con salud frágil y un pasado de violencia, incluida una condena por asesinato, pero con el corazón de un yakuza que aún cree en el honor, la lealtad y la justicia directa. El conflicto central no es que Mikami quiera volver al crimen, sino que no sabe cómo vivir sin él: el crimen no es solo su pasado, es el idioma emocional que mejor domina. La sociedad moderna le pide que sea invisible, dócil y que acepte empleos precarios, algo que choca frontalmente con su orgullo y con un código moral que ya no encaja en el presente.
2. La mirada del "otro": el papel de los medios
Un punto clave de la trama es el personaje del joven cineasta Tsunoda (Taiga Nakano 仲野太賀), que se acerca a Mikami desde la televisión con un objetivo claramente sensacionalista: empaquetar la figura del ex-yakuza en forma de docu-espectáculo. A través de su lente, el espectador vive la misma transformación que el cineasta: pasamos de ver a un "monstruo" o una "curiosidad" a ver un ser humano desesperadamente solo, atrapado entre su pasado y un presente que no le quiere. La película critica cómo consumimos la tragedia ajena como entretenimiento; antes de ofrecer una mano real, el sistema prefiere encuadrar, editar y emitir.
3. El sistema: entre la ayuda y la humillación
Nishikawa es implacable con la burocracia japonesa, y las escenas en las oficinas de bienestar social resultan devastadoras. Vistas desde nuestro contexto, llama la atención el abismo entre el sistema de ayudas de Japón y el de España:
- Contexto económico: Hasta fechas muy recientes ha existido en España un subsidio de excarcelación en torno a los 480 € mensuales (el 80% del IPREM) para evitar que el liberado caiga de inmediato en la indigencia, aunque su reforma y eliminación han abierto un debate sobre su integración en otras prestaciones como el Ingreso Mínimo Vital. Mikami, en cambio, sale a la calle prácticamente con lo puesto.
- El papel de la comunidad: En Japón, la reinserción depende en gran medida de los Hogo-shi, voluntarios de la comunidad que, junto a los funcionarios de libertad vigilada, acompañan a exconvictos. Esto crea una presión emocional asfixiante: Mikami no quiere fallarles por una cuestión de honor y respeto personal, no por miedo a la ley.
- El muro de la exclusión: A todo ello se suma la brecha digital (no saber usar un móvil o un cajero) y un mercado laboral que castiga el pasado delictivo como un pecado capital, en contraste con ciertos programas de inserción laboral de ONGs que conocemos en nuestro entorno.
4. Reflexión sobre las violencias invisibles
La película dialoga de forma muy fértil con las nociones de violencia estructural que manejamos cuando hablamos de violencia machista o institucional. Mikami es producto de una educación y una vida donde la violencia era la única herramienta de defensa y afirmación, algo que la película no oculta en su retrato de su pasado criminal. Aunque él intente cambiar, el sistema ejerce una violencia pasiva sobre él al negarle la dignidad: cada entrevista de trabajo fallida, cada trámite humillante en la oficina de bienestar social, reactivan sus viejos reflejos y su impulso de resolver las cosas "a golpes". La película sugiere que desaprender la violencia individual es casi imposible si la estructura social no renuncia también a su propia violencia simbólica.
5. Un final que rompe el corazón (Spoiler Alert)
Advertencia: spoilers del final a partir de aquí.
En el tramo final, Mikami consigue un trabajo estable como aprendiz en una residencia de ancianos y empieza a construir una rutina que, en apariencia, cumple todas las casillas de la reinserción "exitosa". El desenlace puede leerse como una de las declaraciones más cínicas y tristes del cine reciente: Mikami finalmente "triunfa", se contiene ante las injusticias y aprende a sonreír falsamente para encajar, pero la sensación es que para ser aceptado tiene que morir por dentro.
La ironía del título Subarashiki Sekai ("Este mundo maravilloso"), tomado de la novela Mibuncho de Ryūzō Saki 佐木隆 en la que se basa la película, alcanza aquí su máximo sentido: el mundo puede ser hermoso a la vista, pero resulta asfixiante para cualquier alma que busque una segunda oportunidad auténtica.
Curiosidad literaria: Ryūzō Saki, autor de Mibuncho, ya había novelado casos reales de criminales japoneses en Vengeance Is Mine (1975), adaptada por Shohei Imamura en 1979 con Ken Ogata —un antecedente literario que Nishikawa retoma con mirada contemporánea sobre la reinserción.
Reparto:
Koji Yakusho; Taiga Nakano, Isao Hashizume, Meiko Kaji, Seiju Rokkaku
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| Miwa Nishikawa |







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