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martes, 3 de febrero de 2026

Emily Brontë y el espejo roto: La anatomía de un maltratador en "Cumbres Borrascosas"


Nos enseñaron a suspirar por Heathcliff en los cines, pero Emily Brontë no escribió una historia de amor. Escribió una autopsia. En este post, recojo los cristales de un espejo roto para analizar la anatomía de un maltratador y la violencia machista que, bajo la bruma de los páramos, sigue cortando como el primer día.

Una mujer a contracorriente

Para entender la verdadera dimensión de Cumbres Borrascosas, primero debemos situar a su autora en el lugar que le corresponde por derecho y genio. Emily Brontë no fue, en absoluto, la dócil doncella victoriana que la historia oficial intentó dibujar durante décadas. Bajo el seudónimo de Ellis Bell, se rebeló desde los páramos de Yorkshire contra un mundo que quería encerrar a las mujeres en historias de salón y romances con final feliz. Emily no buscaba dar el gusto a los lectores de su tiempo; su intención era mucho más real y oscura: mostrar sin filtros lo peor del ser humano. Su única novela, escrita en 1847, la consagra no como una escritora romántica más, sino como una mujer que se atrevió a mostrar la crueldad tal cual es. Es desolador recordar que, a diferencia del éxito de su hermana Charlotte con Jane Eyre, Emily murió sin conocer el triunfo de su obra, despreciada en su momento por una crítica que no estaba preparada para su brutal honestidad.

El desarrollo de una tormenta

La novela no avanza lineal, sino que se despliega en una espiral violenta que termina por arrasar a dos generaciones completas. El contraste entre Cumbres Borrascosas —espacio salvaje y elemental— frente a la Granja de los Tordos, pretendidamente civilizada y represora, no es un mero recurso paisajístico. Es el escenario del choque donde el orden social implosiona ante la fuerza de la obsesión. A través de relatos encajados, donde Lockwood actúa como el extraño que no entiende nada y Nelly Dean como la testigo a veces demasiado silenciosa, Emily nos obliga a observar desde fuera cómo el odio se hereda como único legado posible. No hay paz en los páramos porque el aislamiento geográfico se convierte en la cárcel perfecta donde la impunidad campa a sus anchas. La imagen de la portada que os muestro es la publicación traducida por Rosa Castillo; su trabajo es magistral y permite captar cada matiz de esta atmósfera asfixiante sin perder un ápice de su fuerza original.

Heathcliff: El maltratador de libro

Es en este punto donde nos corresponde a nosotras, como lectoras actuales, nombrar la realidad sin ambages: Heathcliff no es un héroe romántico, sino un maltratador en su forma más pura y clínica. Brontë lo traza con una precisión que hoy identificaríamos como la radiografía de un abusador. Debemos despojarlo del aura de "alma atormentada" para ver lo que realmente es. Heathcliff no ama a Catherine; la posee como si fuera una extensión de su propiedad. El famoso grito de "Yo soy Heathcliff" no es una oda poética a las almas gemelas, sino el grito de una mujer que ya no sabe quién es porque él lo ocupa todo.

Él ejerce la violencia machista de manera sistemática, utilizando la culpa y los traumas del pasado como red para encadenar a todos. Su estrategia incluye la violencia económica —usurpador que despoja derechos y patrimonios, dejando a Isabella Linton sin escape alguno— y una crueldad que no es arrebato de pasión, sino manual de aislamiento y desprecio. Emily Brontë captó cómo el maltratador anula la voluntad de su entorno hasta que solo queda el terror.

Espejo para nuestro tiempo

Cumbres Borrascosas es una obra maestra precisamente porque no endulza la medicina ni busca redimir a su protagonista. Brontë nos planta ante un espejo de toxicidad desnuda que sigue vigente hoy más que nunca. Nos advierte que el control jamás debe confundirse con la pasión y que la violencia es una fuerza destructiva que asfixia a la mujer que la padece y define para siempre la bajeza de quien la ejerce. Esta lectura se vuelve esencial justo antes del estreno de la nueva adaptación de Emerald Fennell el próximo 13 de febrero en España. Queda por ver si el cine tendrá la valentía de Emily Brontë para romper el mito del amante incomprendido o si preferirá diluirlo en una estética atractiva con Margot Robbie y Jacob Elordi. Sea como sea, seguiremos analizando esta mirada en Bara y el cine de los viernes.

Este análisis forma parte de mis lecturas preparadas para mi viaje de un mes por Gran Bretaña e Irlanda; un recorrido donde los paisajes y las letras se dieron la mano. Formando parte de mis lecturas: Orgullo y prejuicio de Jane Austen, y Qué verde era mi valle de Richard Llewellyn

Como broche final, os comparto el famoso 'Retrato de la columna'. Es la única imagen auténtica que se conserva de las hermanas Brontë (de izquierda a derecha: Anne, Emily y Charlotte), pintada por su hermano Branwell hacia 1834. Resulta casi simbólico que Branwell decidiera borrarse de la pintura —se puede ver su silueta difusa en la columna central—, dejando a Emily con esa mirada directa y profunda que hoy, casi dos siglos después, seguimos intentando descifrar

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