La historia nos presenta a Etsuko, una mujer de mediana edad afincada en Inglaterra que, tras el trágico suicidio de su hija mayor, Keiko, intenta lidiar con la culpa remontándose a sus recuerdos de la Nagasaki de posguerra. Allí, la narración se centra en su extraña amistad con Sachiko, una mujer inestable y egoísta que planea huir a América con un extranjero, y su atormentada hija, Mariko.
Como lectora japonesa empedernida, estoy más que acostumbrada a los finales trágicos y a los silencios, pero hay que reconocer que en esta novela Ishiguro lleva la ambigüedad a un nivel casi asfixiante. El libro retrata de forma excelente el tiempo inmediatamente posterior a la guerra y los drásticos cambios sociales. Vemos el choque generacional a través de ese padre jubilado, anclado en la tradición, que reprocha a un maestro joven un artículo sobre la pérdida de las costumbres anteriores. Y vemos, sobre todo, una cruda radiografía de la violencia machista de la época: un hombre comentaba que había golpeado a su mujer porque se negaba a votar por su candidato en las elecciones y a nadie le llamó la atención la agresión a su esposa, sino el hecho de que ella quisiera ejercer su propio voto, reflejo de cómo la sociedad japonesa se estaba democratizando.



