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viernes, 13 de febrero de 2026

Hablemos de langostas: La mente eléctrica de David Foster Wallace

Hay libros que se leen y libros que se viven. Hoy toca asomarse a la honestidad brutal de David Foster Wallace

Elegir a Wallace para esta reseña no es solo hablar de literatura: es asomarse a un precipicio. Su obra, y especialmente esta joya titulada "Hablemos de langostas" (en la impecable traducción de Javier Calvo para Random House), es el testamento de una de las mentes más brillantes —y más atormentadas— de nuestro tiempo.

El hombre detrás de la bandana

David Foster Wallace no fue simplemente un escritor brillante, sino un náufrago de su propia hiperlucidez que intentó, durante toda su carrera, construir un puente hacia los demás a través de la palabra. Vivía en una búsqueda constante de la honestidad en una cultura que él percibía como anestesiada por el consumo vacío.

Para él, su propia cabeza no era un lugar tranquilo donde descansar, sino una televisión encendida a todo volumen que no podía apagar. Esa mente le obligaba a analizarlo todo, desde el gesto más tonto de un vecino hasta el dilema moral más profundo, estirando cada pensamiento hasta que ya no quedaba nada por rascar. Bajo esa apariencia de profesor universitario de modales sencillos y bandana en la frente en Claremont (California), escondía una maquinaria intelectual que no conocía el descanso.

Su trágico final en septiembre de 2008 nos dejó huérfanas de una de las voces más lúcidas de la literatura contemporánea, pero también nos recordó que, detrás de cada nota al pie y de cada frase brillante, había un hombre que buscaba desesperadamente una forma de estar en el mundo. Cuando decidió terminar con su vida, lo hace tras el inmenso sufrimiento de intentar dejar la medicación antidepresiva que le permitía funcionar pero que, sentía, nublaba su capacidad creativa.

Detrás de cada nota al pie, había un hombre buscando desesperadamente una forma de estar en el mundo

El banquete: un viaje por sus obsesiones

En este libro, Wallace se infiltra en las entrañas de la realidad para contarnos lo que ve. Cada ensayo funciona como una trinchera desde la que dispara contra la complacencia y la anestesia contemporánea:

  1. Gran Hijo Rojo (Big Red Son): Es el relato que abre el libro y resulta un choque frontal. Empieza de forma estrambótica: contándonos que cada año entre una y dos docenas de hombres se castran con utensilios de cocina porque su ansiedad sexual es intolerable. Desde ahí, nos arrastra a los premios del porno en Las Vegas con todo lujo de detalles. Pero lo que empieza como una crónica bizarra acaba en el horror, analizando la violencia contra niñas y mujeres en esos vídeos. Es una disección de cómo esa industria es un pilar de la violencia machista, donde la deshumanización convierte el cuerpo femenino en un mero objeto de consumo frío.
  2. Ciertamente el final de algo o, al menos, algo por el estilo (Certainly the End of Something or Other...): Su ajuste de cuentas con John Updike. Una crítica magistral al "macho alfa literario" que ya no sirve para explicar el mundo actual.
  3. Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka de los que, posiblemente, no se ha hecho suficiente mención (Some Remarks on Kafka's Funniness...): Una delicia donde explica que Kafka no es solo oscuridad, sino esa risa nerviosa ante lo absurdo de estar vivos.
  4. La autoridad y el uso del lenguaje (Authority and American Usage): Un festín para las que amamos las palabras; Wallace demuestra que cómo hablamos es un acto político.
  5. La vista desde la casa de la señora Thompson (The View from Mrs. Thompson’s): El 11 de septiembre vivido desde la América profunda de Illinois. Pura ternura y miedo.
  6. Cómo Tracy Austin me rompió el corazón (How Tracy Austin Broke My Heart): Una reflexión muy divertida sobre por qué los grandes deportistas suelen escribir memorias tan vacías.
  7. Arriba, Simba (Up, Simba): En este relato, Wallace deja de lado la teoría y se mancha los zapatos como enviado de Rolling Stone. Es casi entrañable imaginarlo intentando "meterse en el papel": un amigo tuvo que prestarle una cazadora para que pareciera un auténtico periodista de la revista, buscando un disfraz de seguridad que en realidad no sentía. Así, apretujado en el autobús de John McCain, intentó descifrar qué hay de real en ese político que presumía de no tener filtros. Lo que encontró en su lugar fue un ser humano fascinante y contradictorio: un héroe de guerra que desprendía una mística de verdad, pero que vivía rodeado de asesores que medían cada una de sus palabras. A pesar de sus esfuerzos, nunca consiguió una entrevista con el candidato; el jefe de prensa no consideraba a los lectores de la revista como potenciales votantes y, por tanto, no valía la pena perder el tiempo con ellos. Es un relato magistral sobre la pérdida de la inocencia política y sobre cómo, en campaña, hasta la autenticidad se fabrica.
  8. Hablemos de langostas (Consider the Lobster): Esta es la pieza que da título al libro y donde Wallace despliega toda su artillería moral. Lo que empieza como un encargo gastronómico en el Festival de la Langosta de Maine —con sus concursos de comer garras y su olor a mantequilla derretida— se convierte en una disección filosófica sobre el dolor. Wallace nos obliga a mirar dentro de la olla. Nos pregunta qué derecho tenemos a hervir vivo a un ser sintiente solo por una gratificación sensorial de diez minutos. Pero lo hace sin darnos lecciones desde un pedestal; lo hace como alguien que también disfruta comiendo, pero que ya no puede ignorar el ruido de las pinzas de la langosta golpeando el metal mientras muere. Es un texto que te cambia la perspectiva para siempre porque te saca de la comodidad de la ignorancia y te obliga a decidir si tu placer vale más que el sufrimiento ajeno. Y, al menos en mi caso, soy vegetariana desde hace años, hubo momentos en que se me saltaban las lágrimas pensando en el dolor de esas langostas: hay violencias gratuitas que simplemente no entiendo, y esta es una de ellas.
  9. El Dostoievski de Joseph Frank (Joseph Frank’s Dostoevsky): Aquí Wallace se pone serio para hablar de por qué nos da tanto miedo ser profundos. Al reseñar la biografía del autor ruso, Wallace lanza un dardo contra nuestra sociedad actual, donde la ironía es nuestra armadura preferida: preferimos ser sarcásticos o "guays" antes que parecer sentimentales. Compara nuestra frialdad con la "pasión brutal" de Dostoievski, un hombre que no tenía miedo a hablar de la fe, del pecado o de la salvación. Wallace utiliza este ensayo para hacernos una pregunta incómoda: ¿nos hemos vuelto tan modernos y tan irónicos que ya no somos capaces de creer en nada con pasión? Es una defensa apasionada de la literatura que se atreve a ser moral y humana, alejándose del postureo intelectual para tocar el hueso de la existencia. Si últimamente a Dostoievski lo tengo continuamente presente con reseñas que me cruzo por todas partes, ahora Wallace me ha dado el golpe certero. Me he rendido: leeré sus grandes obras.
  10. Presentador (Host): Un análisis aterrador sobre el ruido y la manipulación en las entrañas de la radio conservadora, donde el exceso de información y opinión se convierte en anestesia moral.

Conclusión

Wallace es exigente y, a ratos, perturbador. Os va a obligar a trabajar, a subir y bajar a las notas al pie y a cuestionar vuestros propios consumos. Pero merece la pena. Es una oportunidad de asomarse a una mente que, aunque no pudo salvarse a sí misma, nos dejó las herramientas para que nosotras aprendamos a mirar la realidad con un poco más de conciencia y mucho menos cinismo.

David Foster Wallace en uno de esos raros momentos de calma, antes de que la 'televisión a todo volumen' de su cabeza volviera a encenderse