Mi estancia en Estambul fue divertida y sin sobresaltos, hasta que el último día tomé un taxi destartalado. Estuve a punto de bajarme, pero ya era tarde y tenía que llegar al aeropuerto. Sin duda, fue el taxi más cochambroso en el que jamás viajé. Durante el trayecto, el conductor, al que le había dicho que iba tarde, conducía a toda velocidad y cambiaba de carril constantemente; me imaginaba dando con mis huesos en cualquier cuneta. Al final, todo resultó bien y quedó en una anécdota simpática. Incluso el chófer me sonrió al llegar, cogió mi maleta y la dejó sobre la acera, justo delante de la puerta. ¡Todo un detalle! Por supuesto, se ganó una buena propina, pues hizo su trabajo muy bien.
El monumento que más anhelaba visitar en aquel viaje era Hagia Sophia, o Santa Sofía, a la que tenía completamente idealizada. Sin embargo, debo admitir que no la disfruté tanto como había imaginado, en parte porque ahora funciona como mezquita, lo cual limita la experiencia que yo esperaba.


