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Cuando Masao Mikami cruza las puertas de la prisión tras 13 años de encierro, el cielo que encuentra no es solo "abierto", es inabarcable y ligeramente hostil, como si el mundo hubiera seguido girando a una velocidad que ya no le pertenece. La película de Miwa Nishikawa (西川美和), a la que ya dediqué una entrada por su Dear Doctor, no es el típico relato de redención de Hollywood; es una disección japonesa, pausada y dolorosa, sobre lo que significa ser un "ex" en un mundo que solo entiende de etiquetas presentes.
1. El hombre fuera del tiempo
Koji Yakusho (役所広司 / やくしょ こうじ) mi actor fetiche por excelencia, interpreta a Mikami con una vulnerabilidad física que asusta: es un hombre de 60 años con salud frágil y un pasado de violencia, incluida una condena por asesinato, pero con el corazón de un yakuza que aún cree en el honor, la lealtad y la justicia directa. El conflicto central no es que Mikami quiera volver al crimen, sino que no sabe cómo vivir sin él: el crimen no es solo su pasado, es el idioma emocional que mejor domina. La sociedad moderna le pide que sea invisible, dócil y que acepte empleos precarios, algo que choca frontalmente con su orgullo y con un código moral que ya no encaja en el presente.
2. La mirada del "otro": el papel de los medios
Un punto clave de la trama es el personaje del joven cineasta Tsunoda (Taiga Nakano 仲野太賀), que se acerca a Mikami desde la televisión con un objetivo claramente sensacionalista: empaquetar la figura del ex-yakuza en forma de docu-espectáculo. A través de su lente, el espectador vive la misma transformación que el cineasta: pasamos de ver a un "monstruo" o una "curiosidad" a ver un ser humano desesperadamente solo, atrapado entre su pasado y un presente que no le quiere. La película critica cómo consumimos la tragedia ajena como entretenimiento; antes de ofrecer una mano real, el sistema prefiere encuadrar, editar y emitir.


