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martes, 24 de noviembre de 2009

El holocausto asiático - Laurence Rees (3ª parte)

 4) Camino de la derrota. El 18 de abril de 1942, el coronel James Doolitle, de la fuerza norteamericana dirigió un ataque de 16 bombarderos B-25 sobre Tokio y otras ciudades japonesas. La respuesta del gobierno japonés a aquella humillación fue de lo más significativa. Ocho pilotos norteamericanos fueron capturados e inmediatamente condenados a muerte. Hirohito conmutó cinco condenas a muerte. Al final, tres norteamericanos morirían ejecutados. La ingenuidad de la política japonesa creía que esto serviría para evitar que los norteamericanos llevaran a cabo más operaciones aéreas. Todo lo contrario, no hizo sino atizar más el fuego.

Las dos grandes batallas navales de 1942, la del Mar de Coral (ésta podríamos decir que se saldó con un empate) y la de Midway (un mes más tarde, con una victoria decisiva de los norteamericanos), pondría de manifiesto lo errados que estaban los japoneses en su percepción del rumbo que iba a tomar la guerra. Además, el error de destruir sólo acorazados norteamericanos en Perl Harbor, pues la guerra en el Pacífico iba a ser un conflicto en el que los portaaviones habrían de jugar un papel fundamental.

Tras Midway por mar y Guadalcanal (en 1943) por tierra, los aliados habían demostrado que estaban más cerca de ganar la guerra. Sin embargo, a pesar de perder 24000 hombres, el gobierno japonés no se mostró ni mucho menos interesado en hacer un llamamiento a la paz. Los japoneses preferían quitarse la vida a rendirse: el Código de Servicio del Ejército Imperial ordenaba a los miembros de las fuerzas armadas no ser motivo de vergüenza ni para sí mismos ni para sus familiares dejándose convertir en prisioneros de guerra, el convencimiento de que su comandante en jefe (el Emperador) era un dios, tenía un peso determinante a la hora de hacer que las fuerzas armadas japonesas lucharan hasta el final. Sin embargo, a los norteamericanos no les infundían respeto, sino todo lo contrario, les parecían muy crueles, unos sádicos que querían morir por el Emperador. La toma de la isla de Tarawa fue tremenda, murieron mil norteamericanos, pero los japoneses perdieron cinco veces más.

Las atrocidades de los japoneses son de sobra conocidas, pero tenemos menos información de las cometidas por los norteamericanos. Si bien, hay testimonios de marines que habían presenciado o participado en la mutilación de cadáveres japoneses. Una pregunta rutinaria que se hacía después de una visita al Pacífico durante la guerra era "si llevaban huesos en el equipaje".
Las fuerzas imperiales cosecharon una derrota tras otra, al tener prohibida la rendición, no quedaba otra que el suicidio. En los acantilados de Marpi Point, no sólo los soldados se suicidaron, sino también civiles, miles de mujeres y niños que después agonizaban en el coral.

En 1944 al 201º escuadrón aéreo japonés, se le encomendó una misión: pilotarían un avión cargado de explosivos y lo harían chocar contra un portaaviones aliado. Todos los pilotos se ofrecieron voluntarios y dispuestos a morir. Los kamikaze no sólo se movían por la certeza de la existencia de una vida después de la muerte, sino también por su convencimiento de que estaban prestando un servicio a aquella sociedad que dejaban.
Con la llegada del invierno de 1944, los japoneses se enfretaban a un hecho único en su larga historia nacional: una derrota catastrófica.
(mañana más).

El holocausto asiático - Laurence Rees (1ª parte)
El holocausto asiático - Laurence Rees (2ª parte)

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