Esa contradicción, el rechazo físico ante la podredumbre y el reconocimiento de su talento, define la experiencia de sumergirse en las secuelas de su famosa trilogía. Si en mi anterior reseña sobre el primer volumen (1793) hablaba de la miseria moral que recordaba al Madrid de Filomena, en 1794 y 1795 el autor decide, directamente, no darnos tregua.
1794 - El fuego y el minotauro
En esta segunda entrega, la historia se vuelve más ambiciosa y, si cabe, más atroz. La trama nos traslada a la colonia sueca de Saint-Barthélemy (San Bartolomé), enclave puerto libre desde 1784 para esclavistas de cualquier nación, con impuestos bajos que enriquecieron a Suecia vía trata humana. Es aquí donde la novela nos recuerda explícitamente que la riqueza nórdica se apoyó en la explotación y la esclavitud, rompiendo cualquier imagen idílica del pasado.


