Recuerdo a Domingo, amigo de viaje hasta la Facultad, como la persona que me abrió la puerta al universo de Haruki Murakami. En aquellos trayectos de ida y vuelta me hablaba del libro que entonces estaba leyendo, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Me contaba detalles de los personajes, mencionaba los títulos extraños y sugerentes de los capítulos y, casi sin darse cuenta, me fue animando a que lo leyera yo también. Fue con ese libro cuando descubrí a Murakami y, con él, una forma de narrar que mezclaba lo cotidiano con lo inquietante de una manera que no había encontrado antes.
A partir de ahí me convertí en lectora asidua no solo de Murakami, sino de todo lo que se iba publicando en España de literatura japonesa, sin importar la época. Empecé a buscar nombres, editoriales, colecciones; cualquier novedad japo que llegara a las librerías caía en mis manos, y ese interés literario terminó llevándome también a estudiar japonés, como si aprender la lengua fuera una manera de acercarme un poco más a esas historias.
Sin embargo, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo no se quedó solo en una fascinación estética o literaria. En sus páginas aparece la referencia a la Unidad 731, una unidad secreta del ejército japonés en Manchuria dedicada a la investigación biológica y a experimentos brutales con seres humanos, a quienes ni siquiera se les reconocía esa condición. Ese golpe de realidad, incrustado en una novela que por momentos parece onírica, me llevó a investigar más sobre ese lado oscuro de la historia japonesa. A partir de ahí llegaron otras lecturas y visionados que he ido comentando también en el blog, por ejemplo, El holocausto asiático de Laurence Rees, dedicado a los crímenes de guerra del Imperio japonés, o Esclavas sexuales. La esclavitud sexual durante el imperio japonés, de Yoshimi Yoshiaki, junto a películas como La condición humana I, II y III de Masaki Kobayashi.

