Puro noir japonés para la entrada de hoy y, para qué engañarnos, vengo con bastantes ganas de desahogarme. Voy a hablar de la novela La chica de Kyushu del maestro Seicho Matsumoto (松本清張), con traducción de Marina Bornas, y de su fantástica adaptación al cine de 1965, dirigida por Yoji Yamada (山田洋次). Una historia descarnada sobre clases sociales, justicia y venganza que, sin embargo, me ha dejado impresiones muy distintas según el formato.
El título: El vicio de destrozar la obra original
Empecemos por lo que más me repatea: la manía de las editoriales en España de inventarse títulos buscando el gancho comercial. Hacen siempre lo mismo (solo hay que recordar el reciente caso de Mantequilla de Asako Yuzuki), y aquí se han vuelto a lucir.
El título que le dio Matsumoto, y que la película sí respeta, es Kiri no Hata (霧 de la niebla / 旗 de la bandera), que se traduce como "La bandera en la niebla". Quien tiene interés por el idioma, se interesa por la obra original y busca acercarse a su verdadera esencia. En la historia, la "niebla" es esa burocracia fría y el sistema clasista de Tokio, y la "bandera" es Kiriko, la protagonista, pidiendo auxilio donde nadie quiere mirar. ¿A qué viene llamarlo "La chica de Kyushu"? Le quitan toda la poesía y el misterio psicológico de un plumazo.
De la "Ciudad K." a las calles de Kumamoto
Y hablando de Kyushu, hay un detalle geográfico entre el libro y la película que me ha encantado. En la novela, Matsumoto mantiene ese tono enigmático y se refiere al hogar de Kiriko y su hermano simplemente como la "ciudad K.". Sin embargo, Yamada en la película va de frente y sitúa la acción específicamente en Kumamoto.
Tengo que confesar que este detalle me hizo muchísima ilusión. Es una ciudad de la que guardo un recuerdo estupendo y en la que pasé la noche en uno de mis viajes. Aunque en la pantalla no nos recreemos en sus paisajes, el simple hecho de situarla allí marca perfectamente el contraste de sus orígenes frente a los fríos despachos de Tokio, dándole un plus especial a la historia.
El libro vs. La película: Menos sumario judicial y más cine
Entrando en la trama, la obra es un guantazo de realidad: nos cuenta cómo la justicia es un artículo de lujo y cómo el abogado Otsuka representa esa arrogancia de los que tienen el poder.
Y aquí no me voy a andar con rodeos: en este caso, la película supera con creces a la novela. El problema de la novela es que Matsumoto se obsesiona con el sumario judicial del primer asesinato. Nos mete páginas y páginas de papeleo que frenan el ritmo y hacen que la lectura sea bastante repetitiva, dejando el segundo asesinato casi en un segundo plano.
Yamada, en cambio, mete la tijera en la adaptación y limpia toda esa grasa burocrática. Va directo al grano, equilibrando la trama y centrándose en cómo Kiriko se va endureciendo y oscureciendo por dentro al ver que el sistema le da la espalda.
El mechero: La venganza perfecta
El remate definitivo de por qué la película es superior está además, en el final. Es antológico. Esa secuencia donde Kiriko busca con total frialdad el lugar exacto para tirar el mechero... es historia del cine. No hacen falta gritos, ni discursos, ni más papeleo. Con ese gesto silencioso y contenido, no solo elimina una prueba, sino que entierra en vida al abogado Otsuka, condenándolo al ostracismo profesional y social. Es la venganza más elegante y letal posible.
En resumen: una crítica social que muerde, pero donde me quedo, sin dudarlo, con la maestría visual de Yoji Yamada frente al sumario de Seicho Matsumoto.
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| Yoji Yamada |





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