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jueves, 9 de julio de 2026

Lo que vio la criada Ocho cuentos psíquicos 家族八景 - Yasutaka Tsutsui 筒井康隆


Hay libros que, por el motivo que sea, empezamos y dejamos a medias, esperando silenciosamente su momento adecuado para ser leídos. Eso me ocurrió con Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos de Yasutaka Tsutsui. Tras haber reseñado en el blog otras obras del autor como Estoy desnudo, Paprika o Hombres salmonela en el planeta Porno, sentía que me faltaba abordar esta pieza. El reencuentro ha valido la pena, en gran parte gracias a la siempre exquisita edición de Atalanta, que en sus notas nos sitúa en el contexto perfecto: la obra se publicó originariamente por entregas antes de recopilarse como libro en 1972.

Esta fecha no es un dato menor. De entrada, el propio término "criada" en la traducción resulta chocante y anacrónico para los tiempos que corren, pero funciona como un anclaje necesario para comprender la sociedad japonesa de principios de los setenta. Más revelador aún es su título original en japonés, Kazoku hakkei (家族八景). Mientras que kazoku significa «familia», hakkei alude a las «ocho vistas» u «ocho paisajes», un motivo clásico del arte y la poesía oriental que evocaba parajes idílicos y de una serenidad perfecta. Con este sutil juego de palabras, Tsutsui lanza una sátira brillante desde la misma portada: utiliza un concepto asociado a la pureza para prometernos ocho estampas idílicas de la sagrada institución familiar y, acto seguido, sumergirnos en su más absoluta podredumbre.

Es en este teatro de las apariencias donde se mueve Nanase Hata, una joven de dieciocho años que posee habilidades telepáticas. Consciente de que su poder es una carga abrumadora, decide trabajar como empleada doméstica itinerante, saltando de casa en casa antes de crear vínculos. Lo hace también por pura estrategia: en un oficio de servidumbre, a menudo invisibilizado y relegado al fondo del escenario familiar, sus habilidades psíquicas pueden pasar mucho más desapercibidas.


A través de los ocho relatos —esos ocho "paisajes" donde presta servicio—, Yasutaka Tsutsui destroza sin piedad el tatemae (la fachada pública). Nanase, como observadora silenciosa, traspasa la fachada de las familias de clase media para mostrarnos la miseria moral que ocultan bajo una cortesía impostada. Asistimos a un desfile de mujeres que no soportan a sus maridos y a una obsesión patológica por aparentar perfección ante el resto de la sociedad. Una respetabilidad de cristal que se hace añicos cuando la protagonista descubre lo que esos padres de familia tan formales esconden en sus mentes: que son puteros habituales o que cometen abusos sistemáticos hacia sus compañeras de trabajo sin ningún escrúpulo ético.

A toda esta desoladora radiografía se suma la cruda exposición de la violencia machista latente de puertas para adentro. En su día a día, la joven protagonista rara vez es valorada como una persona o una profesional; para los hombres de la casa, Nanase queda reducida a un mero objeto de deseo sexual. A través de la telepatía, nosotras como lectoras padecemos junto a ella esa cosificación constante, una carga mental asfixiante que debe soportar en silencio mientras limpia o sirve la mesa como si no ocurriera nada.

A menudo fantaseamos con lo fascinante que sería poder escuchar los pensamientos de los demás. Sin embargo, tras acompañar a Nanase en este recorrido, la conclusión es demoledora: la telepatía es una auténtica condena. Es en el último cuento donde la novela alcanza su punto de mayor incomodidad, rozando tabúes e insinuando dinámicas familiares de una turbiedad moral extrema. Y es justo en este desenlace donde la propia Nanase se desprende de esa imagen de joven encantadora y vulnerable que nos había transmitido durante todo el libro. Enfrentada a situaciones límite, muestra una frialdad y un pragmatismo verdaderamente escalofriantes, priorizando ocultar su don por encima de cualquier compasión o consideración humanitaria. Una revelación final que nos deja preguntándonos si la constante exposición a la fealdad del ser humano es lo que ha terminado por forjar en ella una coraza de hielo absoluto.

A modo de epílogo, resulta inevitable detenerse en la figura de su creador, un hombre que siempre ha hecho de la provocación su bandera. Que un autor masculino radiografiara con tal lucidez la cosificación femenina y la violencia machista en el Japón de 1972 nos resulta, cuanto menos, insólito. Podríamos pensar que partía de un posicionamiento consciente, pero Tsutsui es, ante todo, un francotirador contra los tabúes. De hecho, en 1993 protagonizó un episodio que dice mucho de su carácter: lanzó su famoso danpitsu sengen 断筆宣言 (una declaración de cese de escritura), negándose a publicar durante tres años en señal de protesta contra la autocensura de las editoriales japonesas frente a lo que él consideraba un exceso de corrección política. Un gesto de rebeldía que, en su momento, le granjeó ciertas simpatías.

Sin embargo, esa misma fijación por dinamitar los límites le llevó en 2017, ya octogenario, a cruzar una línea imperdonable. Tsutsui publicó en sus redes sociales un comentario atroz sobre la Estatua de la Paz en Corea del Sur —monumento que recuerda a las miles de mujeres esclavizadas sexualmente por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial—, instando a "bañarla con semen". Aunque posteriormente borró el tuit y pidió disculpas públicas, escudándose en que solo pretendía hacer una "broma" para forzar un debate político, la misoginia de sus palabras fue insoportable. La anécdota nos deja un poso desolador: nos demuestra que retratar con brillantez la hipocresía y el machismo en la ficción no exime, desgraciadamente, de ejercerlos con total crueldad en la vida real.

Yasutaka Tsutsui
Fotografía que le hizo la NHK con motivo de su 90 cumpleaños y que el autor compartió en una red social https://x.com/TsutsuiYasutaka que por su puesto me he hecho seguidora

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