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Japón en negro: The Man Who Stole the Sun. Adiós al legendario Kazuhiko Hasegawa 長谷川 和彦


El pasado 31 de enero desapareció Kazuhiko Hasegawa, y con él desapareció uno de los misterios más magnéticos de la cinematografía nipona. Cineasta de culto absoluto, fue el hombre que incendió el Japón de los setenta con solo dos películas para luego retirarse a sus cuarteles de invierno, dejando tras de sí un silencio que duró décadas, pero que nunca logró apagar el eco de su audacia. Precisamente esta obra, rescatada en la retrospectiva Japón en negro del Festival de San Sebastián 2008, vuelve ahora con más fuerza ante su partida. 
El catálogo de la retrospectiva "Japón en negro" (San Sebastián. 2008)

Del barro del "Pinky Porno" a la cima de la crítica 


Hasegawa no nació en la academia, sino en el subsuelo creativo de la Nikkatsu. Curtido en la transgresión del Roman Porno, fue la mano derecha del legendario Tatsumi Kumashiro. De esa escuela de guerrilla aprendió que la violencia y el sexo no eran solo ganchos comerciales, sino herramientas para diseccionar una sociedad que asfixia. Su huella en este género es imborrable, especialmente como guionista de A Woman with Red Hair (1979), título que ya anticipaba el tono áspero y conflictivo que marcaría su carrera.

Nacido en 1946 en la prefectura de Hiroshima, Hasegawa estudió en la Universidad de Tokio antes de abandonar la carrera y entrar en la productora de Shohei Imamura. Allí se formó a la sombra de uno de los grandes iconoclastas del cine japonés, afilando una mirada feroz hacia la posguerra que luego llevaría al extremo en sus propias películas. 

The Man Who Stole the Sun: El caos en el corazón de Tokio 

Dentro de mi serie de Japón en negro, esta obra brilla con una luz propia y peligrosa. La premisa es tan fascinante como aterradora: un anodino profesor de química de instituto (Kenji Sawada, en un papel que mezcla timidez con locura) construye una bomba atómica en su propio apartamento, robando plutonio de una central nuclear y siguiendo manuales reales. Hasegawa eliminó pasos técnicos por seguridad pública.

No es casual que el protagonista construya una bomba atómica en un país marcado por la tragedia. La película juega con ese trauma colectivo, pero lo desplaza a la era del espectáculo y la protesta de los años setenta. 
Cenotafio del Parque de la Paz en Hiroshima. El peso de esta historia marcó el nacimiento de Hasegawa y define la sombra atómica que recorre su obra. (Fotografía propia de mi viaje a la ciudad)

El profesor llama por teléfono a un programa de radio y anuncia en directo que tiene una bomba atómica, pidiendo a los oyentes que le den ideas sobre qué exigir al Gobierno. De esta forma tan surrealista, lo que empieza como una amenaza se convierte en un consultorio mediático: desde que toquen Satisfaction de los Rolling Stones (prohibidos en Japón por las drogas), hasta forzar partidos de béisbol completos en TV. De solitario reprimido pasa a ser mesías mediático, exponiendo un Japón donde el poder individual choca contra burocracia y sensacionalismo.

La película es un despliegue de genialidad y falta de piedad. Hasegawa lanzó billetes falsos desde un tejado en Ginza —con un joven Kiyoshi Kurosawa, su asistente, al borde del arresto— para capturar un caos real que se convirtió en referente icónico del noir posterior. Bunta Sugawara brilla como inspector paternalista pero ineficaz, contrapunto perfecto a la megalomanía de Sawada.

La persecución final es puro delirio guerrillero: filmada sin permisos en autopistas de Tokio, con acrobacias reales donde Sawada llega a colgar de helicópteros. En el universo de Hasegawa, la violencia es arbitraria y nadie sale indemne.

Un final para la historia

Lo que hace que esta película sea inolvidable es su cierre irónico. El profesor camina por la calle, relajado, mascando chicle con la actitud despreocupada de quien ha ganado la partida. Pero entonces, la imagen se congela y un estruendo rompe el silencio. ¿Qué ha pasado? Esa es la pregunta que Hasegawa nos lanza a la cara: ¿ha estallado la bomba o es el colapso de nuestra propia indiferencia?

El legado de una leyenda 


Aunque el tiempo a veces olvida a los rebeldes, la historia ha hecho justicia con Hasegawa: En 2018, la prestigiosa revista Kinema Junpo situó a The Man Who Stole the Sun como la mejor película japonesa de la década de los 70, por encima de nombres mucho más académicos. Recientemente, la crítica internacional (Sight and Sound) la ha reivindicado como una obra que debería estudiarse a la par de los mayores hitos de la cinematografía mundial. 

Entre bastidores, Hasegawa nunca dejó de agitar las aguas: en 1982 fue uno de los fundadores de la mítica Director’s Company, un colectivo de jóvenes cineastas que buscaba escapar de las inercias de los grandes estudios y empujar el cine japonés hacia territorios más libres y peligrosos. Aunque él eligió el silencio como director, se convirtió en cómplice y padrino de una generación que incluye nombres como Shinji Somai o Kiyoshi Kurosawa. 

Hoy, mientras reseño estas joyas del Japón más oscuro, su pérdida se siente más real que nunca. Se ha ido el hombre que "quemó" el cine japonés con solo dos cerillas y prefirió el silencio a la mediocridad. Nos queda su sombra, su audacia y ese fundido a negro que todavía nos estremece. 

Desde este rincón de Japón en negro, seguiré rastreando las huellas de quienes hicieron del cine una forma de resistencia.
Un respiro entre el caos: Kenji Sawada y Bunta Sugawara durante un descanso del rodaje. Dos gigantes que hicieron posible la locura de Kazuhiko Hasegawa (a la izquierda).


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