La película japonesa Hachiko Monogatari (dirigida por Seijirô Kôyama en 1987) está basada en hechos reales, que en otro momento comentaré. El guion fue escrito por el gran Kaneto Shindo, y siempre me pregunto ¿cómo sería la película dirigida por él? Nunca lo sabremos, evidentemente, pero estoy segura de que sería una joya más de su filmografía. Lo que sí es indudable es que su libreto tocó una fibra muy profunda en la sociedad nipona, convirtiendo a la cinta en el mayor éxito de taquilla de una película nacional en Japón aquel año.
En la película, al igual que en la vida real, la hija única de la familia se empeña en tener un perrito y que ella va a cuidar, pero al igual que en la vida real, ella se marcha (se casa) y el perro se queda, cómo no, con los padres. Esto me lo contaban los padres de una amiga que hizo lo mismo.
Poco a poco, el padre, Tatsuya Nakadai (leyenda del cine nipón por obras como Los 7 Samuráis, Kagemusha, Ran o Goyokin) y el perrito se vuelven inseparables. Aunque Nakadai aportó muchísima solemnidad al papel, rodar con perros de la raza Akita (conocidos por ser muy independientes) hizo que muchas tomas dependieran de que el animal "quisiera" actuar, exigiendo una paciencia infinita al veterano actor.
Al perrito lo llaman Hachi porque, por lo visto, sus patas delanteras recuerdan al kanji del número ocho, 八. (Con el tiempo pasó a la historia como Hachikō, ハチ公, añadiéndosele el sufijo kō, reservado antiguamente para los señores feudales, como muestra del profundo respeto que despertó su lealtad). Ajenos a esa futura fama, el profesor y su mascota se vuelven inseparables. El único momento del día en que se separan son las horas en las que el hombre acude a su trabajo en la universidad. Para remediar esa ausencia, Hachi le acompaña cada mañana hasta la puerta de la estación de tren para despedirle y, por la tarde, regresa puntualmente a esperarle a su vuelta.
El amor entre el profesor y su mascota sólo lo entenderá quien haya tenido un perro, porque hay situaciones un poco tontas.
La muerte del amo hace que el mundo que conozca Hachi desaparezca, pero éste sigue yendo a la estación a buscar a su amo. Lo dicho, para llorar. A mí me gusta cuando el profesor le dice a su mujer, algo así como, "al igual que las personas, también los animales tienen derechos, hay que respetarlos".
Sólo comentaré que en 1934 le hicieron una estatua por su fidelidad a la familia estando presente el perro; éste murió el 8 de marzo de 1935. Como curiosidad, la famosa estatua que hoy se visita en la estación de Shibuya no es aquella original, ya que durante la Segunda Guerra Mundial fue fundida para aprovechar el bronce para el esfuerzo bélico. La actual se erigió en 1948 y fue esculpida por Takeshi Ando, ¡el hijo del escultor original! Desde que se supo la historia de Hachi, se creó en Japón una nueva conciencia en la crianza de estos perros.
Es precisamente para reivindicar esta estupenda obra que escribo esto ahora. Como el omnipresente de Richard Gere está haciendo campaña para su última película, un remake de esta historia (que no veré) dirigido por Lasse Hallström, estoy segura de que buscó la lágrima fácil, metiendo el dedo en la llaga. La falta de ideas de Hollywood hace que miren a otros países y el mundo asiático les gusta mucho. Pero bueno, eso por otro lado no está mal, porque así recordamos estupendas películas japonesas que de otro modo quedarían en el olvido.
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| Seijirô Kôyama |


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