Aún con la cabeza llena de yakuzas, sombras y callejones gracias al magnífico ciclo Japón en negro del Festival de San Sebastián, la realidad irrumpe hoy con una de esas noticias que te encogen un poco el corazón: ha muerto Paul Newman.
Es inevitable sentir que se cierra un capítulo fundamental de la historia del cine, pero me niego en rotundo a que la melancolía gane la partida. ¿Por qué estar tristes? Newman ha tenido una vida absolutamente plena, de esas que justifican cada segundo respirado, y se ha marchado a los 83 años habiendo exprimido cada gota.
Reducirlo a "la mirada más famosa de Hollywood" o al eterno galán de ojos azules sería quedarse en la anécdota, en la superficie. Paul Newman fue el rostro del antihéroe, de la rebeldía, de la vulnerabilidad y de la ironía. Convirtió a los perdedores, a los marginados y a los pícaros en seres profundamente magnéticos. ¿Cómo olvidar la arrogancia herida de "Fast" Eddie Felson en El buscavidas, la inquebrantable resistencia de Luke en La leyenda del indomable, o esa química insuperable e irrepetible que destilaba junto a Robert Redford, ya fuera huyendo a tiros en Dos hombres y un destino o montando la gran estafa en El golpe?
Pero su grandeza no se limitó a ponerse delante de la cámara. Detrás de ella demostró una sensibilidad exquisita, regalándonos joyas de la dirección como Raquel, Raquel. Y fuera de los platós, fue un hombre que siempre vivió bajo sus propias reglas, alejado de la frivolidad, la hipocresía y el artificio de la industria. Un apasionado piloto de carreras, un filántropo inmenso y discreto, y la mitad de uno de los matrimonios más sólidos y cómplices del cine junto a su adorada Joanne Woodward.
Como decía al principio, no estemos tristes. Nos ha dejado películas maravillosas que seguiremos disfrutando una y otra vez. Buen viaje, Paul. Nos vemos en las pantallas.


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