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jueves, 27 de agosto de 2026

Punto cero - Zero focus (ゼロの焦点): Yoshitarō Nomura e Isshin Inudō frente al misterio de Seicho Matsumoto

Si la novela Punto cero de Matsumoto ya nos dejaba con el frío metido en el cuerpo, su paso por el cine confirma que nació con vocación de ser vista. Como la historia no tardó en reclamar su espacio en la gran pantalla, esta entrada se centra precisamente en sus dos adaptaciones, que pese a partir del mismo material nos ofrecen enfoques muy distintos: el clásico indiscutible de 1961 dirigido por Yoshitarō Nomura, y la cinta de 2009 a cargo de Isshin Inudō.

1961: El blanco y negro y la crudeza del noir

La cinta de Nomura es puro noir nipón y, de las dos adaptaciones, es la que se mantiene más fiel al texto original de Matsumoto. Volver a esta película es reencontrarse con la esencia de aquella fantástica retrospectiva de «Japón en Negro» del Festival de San Sebastián. Encaja a la perfección en ese universo de fatalismo, donde el pasado siempre vuelve para cobrarse sus deudas y la moralidad se mueve en una escala de grises en la que nadie es completamente inocente.

Hay un aliciente añadido en esta adaptación: en la escritura del guion andaba metido nada menos que Yoji Yamada, que había dirigido la adaptación de la anterior novela de Matsumoto, La chica de Kyushu. Esa cercanía temporal de la película con el libro le otorga un tono muy realista a la investigación. La cinta refleja a la perfección ese estilo tan propio del autor de bajar el misterio a la crudeza de la calle, deteniéndose en los detalles más frustrantes y burocráticos: el tedio de los interminables viajes en tren, las esperas y el ambiente opresivo de intentar armar un rompecabezas donde nadie quiere hablar.

En esta tarea, la geografía funciona como una amenaza constante. Y esto no es fruto de los trucos de estudio: Nomura y su equipo se negaron a usar nieve artificial, trasladándose en pleno invierno a la costa del Mar de Japón para rodar en exteriores bajo condiciones extremas. Gracias a este rigor y a un magistral uso del blanco y negro, la auténtica nieve de Kanazawa y los escarpados acantilados de Noto dejan de ser un mero fondo estético para convertirse en un entorno hostil y claustrofóbico que parece a punto de aplastar a la protagonista.

Y es en medio de este paisaje donde brilla la construcción de los personajes. Aquí reina la contención: el miedo y los estigmas de la época se procesan en silencio, sin aspavientos ni excesos dramáticos.