En 2008 Kitano estrena Aquiles y la tortuga (アキレスと亀, Akiresu to kame), el cierre de esta etapa tan introspectiva y una cinta bastante diferente a las otras dos. De hecho, el director no aparece en pantalla hasta pasada, más o menos, la mitad del metraje.
La historia sigue a Machisu, a quien conocemos primero como un niño que apenas comienza a garabatear. Un crítico de arte convence a su adinerado padre de que el pequeño es un genio, un engaño cruel diseñado únicamente para aprovecharse de él hasta hacerle perder toda su fortuna. A partir de ese momento, Machisu se pasa la vida entera intentando conseguir la esquiva validación de ese crítico. Para lograrlo, imita de forma obsesiva el estilo de los grandes maestros de la pintura, acompañado siempre por su sufrida esposa, que le apoya incondicionalmente en su quimérica búsqueda del éxito.
Sobre el título, hace referencia a la famosa paradoja de Zenón. Os ahorraré la lección teórica, pero visualizad a Aquiles, el corredor más rápido, siendo incapaz de alcanzar a una tortuga que le saca ventaja, porque cada vez que llega al punto donde estaba ella, el animal ya ha avanzado un poco más.
Como apunte final, que demuestra el nivel de implicación del director en esta obra, cabe destacar que las más de 70 pinturas que aparecen en la película fueron creadas por el propio Takeshi Kitano.
Lo dicho en un principio: estamos ante la trilogía de un verdadero genio. Como gran admiradora de su cine, ahora solo me queda esperar con ganas su próximo trabajo cinematográfico.


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