D. H. Lawrence (David Herbert Lawrence), escritor inglés nacido el 11 de septiembre de 1885 en Eastwood y fallecido el 2 de marzo de 1930 en Vence, Francia, había permanecido hasta ahora al margen de mis lecturas. Hijo de un minero del carbón y de una maestra culta, su propia biografía estuvo marcada desde el inicio por esa dualidad de clases y por una salud frágil que lo acompañó toda su vida, empujándole a un nomadismo constante en busca de climas benignos y a una profunda desconfianza hacia la industrialización asfixiante de la Inglaterra moderna. Sin embargo, al concluir este volumen, me vino a la mente una certeza inapelable: este autor ha llegado para quedarse en casa.
Efectivamente, no hay mejor refugio que acudir a los anaqueles de la abuela, que es donde guardo este magnífico tomo de obras completas que tendré que leer a fondo. Cierto es que este volumen en particular no era uno de los libros de mi tío abuelo Santiago —el de mi abuela no me pega, pero nunca se sabe—.
Las lecturas que comprende esta edición, reunida bajo el sello de Atalanta, no dejan a nadie indiferente y vienen cargadas de esa electricidad y visceralidad que definieron la trayectoria de Lawrence, un espíritu que siempre chocó contra las convenciones burguesas y la censura de su época (famosos son los escándalos y pleitos que rodearon novelas mayores como El amante de Lady Chatterley). El volumen se compone de tres relatos cortos: La mujer que se alejó a caballo, El gallo huido y la pieza homónima, El hombre que amaba las islas. A través de ellos, Lawrence se nos muestra siempre subido de tono, desafiante y febril, diseccionando con maestría la alienación humana, la pulsión de aislamiento y la complejidad indómita de los vínculos.
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| D. H. Lawrence |


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