El Festival de San Sebastián de 2008 nos regaló un ciclo inolvidable con su retrospectiva Japón en negro. Para las que fuimos lo bastante afortunadas de poder asistir y sumergirnos en las sombras de la yakuza en pantalla grande, fue una experiencia transformadora.
El maestro detrás de las sombras
El responsable de esta maravilla es Masahiro Shinoda, un director nacido en la prefectura de Gifu en 1931. Inició su carrera en 1953 como asistente en los estudios Shochiku, trabajando en películas de gigantes como Yasujirō Ozu, y pronto se convirtió en una figura central de la Nueva Ola japonesa (Nūberu Bāgu) de los años 60. Aunque la etiqueta de la Nueva Ola lo acompañó siempre, el cine de Shinoda tomó unos derroteros muy personales. Sus películas, a menudo centradas en personajes marginados, poseen una serenidad y un tempo pausado que evocan más al clasicismo de Ozu o Kenji Mizoguchi que a la pura rebeldía visual de sus compañeros de generación.
Un descenso existencialista: Desarrollo de la trama
Kawaita hana (1964), su décimo largometraje, es una excelente prueba de este estilo tan personal. La trama nos presenta a Muraki (magistralmente interpretado por Ryo Ikebe), un yakuza endurecido que acaba de salir de la cárcel tras cumplir una condena de tres años por el asesinato de un gángster rival. Gran parte de la película respira a través de la atmósfera densa y asfixiante de los casinos clandestinos donde se juega al tehonbiki y al hanafuda (el juego de cartas floral tradicional japonés).
En uno de estos antros, Muraki conoce a Saeko (Mariko Kaga), una joven de clase alta, enigmática y adicta a las apuestas. Saeko busca sin control el abismo de las emociones fuertes y el peligro. El Festival de San Sebastián incluyó esta cinta en su retrospectiva avalada por la cantidad de yakuzas que desfilan por la pantalla, pero yo me quedaría corta si la encasillara de forma estricta en el noir; tiene un tono nihilista, existencialista y melancólico que la convierte en un drama profundo sobre el vacío vital.
Curiosidades de una producción única
La película es una adaptación de una historia original de Shintaro Ishihara, una figura literaria clave de la época. En el apartado actoral, el contraste entre los protagonistas es fascinante: Ryo Ikebe tenía 45 años durante el rodaje, aportando todo el peso del hastío a su personaje, mientras que Mariko Kaga contaba con apenas 19 años. Su hipnótica interpretación la convirtió de inmediato en un icono indiscutible del cine nipón.
A esta atmósfera contribuye enormemente la vanguardista y disonante banda sonora del compositor Toru Takemitsu, que convierte cada partida de cartas en una experiencia casi ritual. Visualmente, Shinoda alcanza la genialidad pura, regalándonos momentos como la secuencia onírica del protagonista; un fragmento tan surrealista que parece que el mismísimo Salvador Dalí se hubiera colado en el set de rodaje para codirigir la escena con él.
El clímax: La secuencia del asesinato
Y como lo prometido es deuda, es imprescindible hablar de esa secuencia magistral de la que prometí hablar en 2008: el momento en el que Muraki da muerte a otro yakuza rival. Saeko, en su espiral autodestructiva, empieza a sentirse atraída por Yoh, un asesino adicto a la heroína. Muraki, para alejarla de él y ofrecerle la emoción definitiva que ella tanto ansía, le promete que la dejará ver cómo mata a un hombre.
La ejecución del jefe rival, Imai, es pura poesía visual y sonora. En lugar de un tiroteo sucio, Shinoda nos muestra a Muraki ascendiendo por una gran escalera, rodeado de vidrieras con imágenes de querubines y de la Virgen María, mientras suena una melancólica música coral. Este contraste entre el arte sacro, el canto celestial y la brutalidad de las puñaladas en el restaurante eleva la película a la categoría de obra maestra absoluta. Es, simplemente, genial.
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| Masahiro Shinoda |


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