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Kenzaburo Ōe: El refugio de la ternura en medio del caos Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura われらの狂気を生き延びる道を教えよ

Si hay un libro que define la simbiosis emocional entre Ōe y su hijo Hikari, nacido en 1963 con hidrocefalia, autismo y limitaciones motoras y visuales que marcaron la obra del Nobel, es este. La publicación que acompaña a esta reseña está traducida por Shigeko Suzuki y Elena Vilageliu.

Aquí no encontramos al Nobel distante, sino a un ser humano desnudándose ante el abismo de la discapacidad en un mundo que parece haberse vuelto loco. La obra, colección de tres relatos publicados en Japón en 1969 Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura  われらの狂気を生き延びる道を教えよ  (Warera no kyōki wo ikinobiru michi wo oshieyo), eleva esta experiencia a mito personal influido por Jean-Paul Sartre y Malcolm Lowry, con el primero dando título al volumen.

Como lectora, me he sentido vulnerable y, a la vez, extrañamente protegida por la honestidad de su autor. En esta obra, Ōe no maquilla el dolor ni la desesperación de la paternidad: el protagonista (un hombre obeso alter ego del autor que cae a un estanque de osos polares para recapitular su vida), vive obsesionado por su padre y la locura heredada, pero tampoco permite que la oscuridad lo inunde todo. 

Es una lectura que se siente en la piel; es ese refugio de ternura donde aprendemos que la única supervivencia posible es la que se construye a través de la empatía radical. Los monólogos del padre, que analizan su vínculo simbiótico, juntan manos para sentir lo mismo, y los otros relatos como Agüí, el monstruo del cielo 空の怪物アグイー  y El día que él se digne enjugar mis lágrimas 我が涙をぬぐいたもう日, cierran con la madre disculpándose por culpar a una locura heredada.

La historia se centra en la relación casi asfixiante entre el Gordo (trasunto del propio Ōe) y su hijo. Viven en una simbiosis total donde el padre intenta sentir, respirar y pensar por el niño para protegerlo de una sociedad que mira con rechazo lo diferente. El verdadero conflicto estalla cuando él debe luchar contra sus propios demonios internos, incluyendo recuerdos reprimidos de su padre, muerto en la guerra, y una familia que no siempre le apoya, enfrentándose a la presión de un entorno que no sabe gestionar lo que se sale de la norma.

En este proceso, la música aparece como el único puente posible. Aunque el niño parece atrapado en el silencio, la escucha compartida de música clásica se convierte en su lenguaje secreto. Esto refleja la realidad de Hikari, quien pese a su discapacidad compuso música desde los 11 años, transcribiendo Bach y grabando discos, salvando emocionalmente a su familia. El punto de giro llega al entender que la locura no reside en el hijo, sino en la falta de empatía de los demás. El protagonista evoluciona de la angustia de querer curar lo incurable a la paz de aceptar a su hijo tal como es: una presencia que no necesita palabras para salvarse y salvar a su padre.

He vuelto a este libro para reseñarlo desde cero y la lección sigue siendo la misma: Kenzaburo Ōe es el más grande porque no escribe para lucirse, sino para buscarnos una salida. Su Nobel de 1994 premió precisamente esta fusión de vida y mito en torno a Hikari, eje de obras como Una cuestión personal (1964). Esta obra me ha recordado que sobrevivir a nuestra propia locura solo es posible si nos atrevemos a mirar de frente nuestra fragilidad.

No es una lectura cómoda, pero sí necesaria si buscas algo que te reconcilie con el ser humano. Salgo de sus páginas convencida de que la música de Hikari y la prosa de su padre nos demuestran que la ternura no es debilidad, sino nuestra única forma de resistencia.

Para fans de literatura japonesa: léela junto a Un amor especial ((恢复する家族, 1995; ed. castellana 1998, Martínez Roca/Seix Barral), el primer libro post-Nobel de Ōe, memorias reales sobre criar a Hikari donde la música revela su mundo interior.


Kenzaburo Oe

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