Hay veces en las que enfrentarse a una novedad editorial tiene más de reencuentro que de descubrimiento. Organizar la bibliografía de Haruki Murakami me ha permitido observar cómo sus obsesiones literarias van mutando a lo largo del tiempo, pero pocas veces tenemos la oportunidad de presenciar cómo un autor dialoga consigo mismo con cuarenta años de diferencia.
La génesis de La ciudad y sus muros inciertos es, en sí misma, fascinante. En 1980, un joven Murakami publicó una novela corta con este mismo título en una revista, pero, insatisfecho con su inmadurez técnica, la ocultó y nunca permitió que se editara en formato libro. Años más tarde, reciclaría esa enigmática ciudad amurallada para construir la mitad onírica de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Durante el aislamiento de la pandemia, ya en la madurez absoluta de su oficio, decidió volver a aquel borrador de juventud para saldar su deuda.
Un amor adolescente y la biblioteca de los viejos sueños
La historia arranca con el amor puro e idealizado de dos adolescentes. En sus encuentros, la chica le confiesa al joven protagonista que la versión de ella que él conoce no es real, sino apenas una sombra transitoria; su verdadero "yo" reside en una misteriosa ciudad rodeada por altos muros, trabajando en una biblioteca. Cuando ella desaparece sin dejar rastro de la vida real, él se obsesiona con encontrar ese lugar.
La trama nos traslada entonces a esa ciudad atemporal donde los unicornios de pelaje dorado pastan y donde los habitantes han renunciado a sus sombras (y, con ellas, a sus emociones profundas). El protagonista logra entrar, asumiendo el peculiar oficio de Lector de viejos sueños en la biblioteca, con la esperanza de reencontrarse con su amor perdido. A partir de ahí, la novela se despliega en una exploración sobre la memoria, intercalando esta búsqueda onírica con el regreso al mundo real, donde nuestro protagonista, ya en la mediana edad, acepta un trabajo como director en la pequeña biblioteca de un remoto pueblo en las montañas de Fukushima.
El espejismo del déjà vu y la trampa magnética
Debo ser sincera: esta lectura no me ha disgustado en absoluto, pero tampoco ha logrado emocionarme de manera profunda. Al adentrarme en sus páginas, la sensación predominante fue la de transitar por un territorio que ya conocía íntimamente. Quienes llevamos años inmersas en sus letras ya hemos caminado por esa ciudad, ya hemos sentido el frío de los muros y la melancolía de sus sombras perdidas. El impacto de la sorpresa inicial, al menos para esta lectora, se desvaneció un poco.
Y, sin embargo, el libro resulta hipnótico. Es aquí donde radica el verdadero misterio de la literatura de Haruki Murakami. Aunque el escenario te resulte familiar y creas saber por dónde transita la historia, hay algo en su narrativa que te atrapa irremediablemente. Justo en el momento en que podrías soltar el libro, surge una situación peculiar, como su relación con el misterioso predecesor fantasmal en la biblioteca de Fukushima, o aparece un personaje fascinante que te ancla de nuevo a la página. Es una fuerza absorbente que te arrastra, casi sin darte cuenta, hasta alcanzar el punto final.
Quizás no sea la obra que recomendaría a alguien que jamás se ha acercado al autor, pero para nosotras, las veteranas de sus mundos paralelos, es un ejercicio de nostalgia y cierre. Una lectura pausada para comprender cómo el escritor que fue se reconcilia, por fin, con el autor que es hoy.
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| Haruki Murakami |


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