Cuando Shohei Imamura dirigió A Man Vanishes (Ningen Jōhatsu, 1967), ya había estrenado obras como Endless Desire, Akai Satsui, The Pornographers, The Insect Woman y Cerdos y acorazados (Buta to gunkan).
A Man Vanishes es un «semidocumental» sobre la desaparición de un hombre. Pero, ¿por qué se dice que es un semidocumental? Porque la línea entre la realidad y la ficción es muy difusa, poniendo constantemente contra las cuerdas la ética del cine verité.
El proyecto nació inicialmente con la idea de retratar a los johatsu (los "evaporados"), el fenómeno de miles de japoneses que desaparecen voluntariamente por deudas o presión social. En la cinta, Tadashi Oshima desaparece de su entorno y su novia acompaña al equipo de rodaje, que trata de descubrir cuál es el motivo de la desaparición. De esta forma, se entrevista a su familia, a sus compañeros de trabajo, a su jefe... Pronto descubrimos que, cuatro años antes, Oshima había desfalcado 400.000 yenes en su empresa. No fue despedido, pero cuando devolvió todo el dinero, desapareció.
Durante el proceso, Imamura y su equipo comenzaron a involucrarse en la vida de los entrevistados, manipulando situaciones y grabando a menudo a escondidas. El director juega de tal forma con el público que llega un punto en el que es imposible saber qué testimonios son auténticos y cuáles han sido ensayados.
Este juego psicológico estalla casi al final de la película. El propio Imamura, que ya forma parte del reparto, rompe la cuarta pared de la forma más literal posible y dice: «desarmen el decorado». Las paredes de la habitación caen bruscamente, revelando los andamios, los focos y a todo el equipo de grabación alrededor.
Sin embargo, la historia continúa y los personajes ignoran el artificio. Sobre todo, dos hermanas que siguen reprochándose sus miserias en medio del plató desmontado, demostrando que el drama real de estas personas no se detiene cuando se apagan las cámaras.
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| Shohei Imamura |


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