Apuntes biográficos y contexto
Ryunosuke Akutagawa (芥川 龍之介) nació el 1 de marzo de 1892 y se suicidó el 24 de julio de 1927. Marcado por una salud mental frágil y el miedo constante a heredar la locura de su madre, nos dejó una obra monumental de unos 150 cuentos, desde su ópera prima Ronen (老年, 1914) hasta su última obra Saiho no Hito (西方の人, 1927). Para honrar su memoria, su amigo y escritor Kan Kikuchi (菊池 寛) instituyó en 1935 el prestigioso premio literario que lleva su nombre.
Sin embargo, parece que no caló mucho entre los traductores o editoriales españoles; yo solo conozco (a fecha de esta reseña) publicados los cuentos de los que hablo en esta entrada: Kappa, La nariz y Rashomon (con editoriales diferentes). A pesar de ello, adentrarse en su universo es siempre un viaje deslumbrante.
Kappa (河童): carcajadas y crítica social
Akutagawa concibió esta obra como una afilada crítica a la sociedad de su época: el abandono de las tradiciones, la apertura sin filtros a Occidente y ese capitalismo salvaje que traía consigo la explotación de los trabajadores. Pero confieso que me olvidé por completo de todo ese trasfondo. Me dejé llevar y disfruté de la lectura de principio a fin. Porque pocas cosas hay tan gratificantes como un libro que te hace sonreír; si las sonrisas se repiten, la dicha es inmensa, y con Kappa acabé francamente dichosa.
Para adentrarse en sus páginas conviene recordar qué es un kappa: esa criatura mitológica del folclore japonés que puebla lagos y ríos, provista de un caparazón y habitualmente encasillada como la villana de los cuentos tradicionales (un curioso giro lingüístico nos recuerda que la palabra kappa proviene del portugués capa).
La novela arranca con un planteamiento singular. Un empleado de un hospital psiquiátrico cercano a Tokio nos presenta al paciente número 23, asegurando que cualquiera que dude de su testimonio solo tiene que acercarse al centro para escucharlo de sus propios labios. Este paciente relata que, durante una excursión al monte Hodaka, se topó de bruces con un kappa. Al intentar atraparlo, tropezó y cayó en un agujero; al recuperar el conocimiento, se vio rodeado por varios ejemplares de estas criaturas. Ahí dio comienzo una gran aventura... y mis carcajadas.
A través de sus ojos, el protagonista nos descubre la fascinante y peculiar sociedad de los kappa: su idioma (el kappanés, aunque entienden a la perfección el japonés), sus vehículos, ciudades, fábricas, médicos y pensadores. Sus costumbres nos resultan de lo más llamativas; por ejemplo, cuando un niño kappa va a nacer, el padre se coloca frente a la vagina de la madre y le pregunta al niño si quiere nacer o no.
De los kappa a los cuentos breves: el regreso a la estantería
Después de pasarlo tan bien con esta lectura y que a todo el mundo aconsejo, pues tiene beneficios inmediatos físicos y psíquicos, me fui a mi pequeña biblioteca japonesa, que aumenta poco a poco, y cogí un libro que tiene dos relatos más de Akutagawa, Cuentos japoneses, de la editorial Popular. Los incluidos de este autor son La nariz y Rashomon, y los volví a leer con auténtico placer.
La nariz (鼻)
Al adentrarnos en este relato, es imposible no evocar de inmediato los versos de Quevedo —érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa... o algo muy parecido—. Aquí conocemos a un monje que habitaba en un distrito a las afueras de Kioto y lidiaba con un apéndice nasal de proporciones tan descomunalmente grandes que un discípulo debía apartársela con un palo para que pudiera comer en paz.
Aunque cara a la galería trataba de disimular y fingir que no vivía pendiente de su enorme colgajo, lo cierto es que la nariz ocupaba cada rincón de sus pensamientos. Había probado absolutamente de todo para reducirla: desde ingerir un brebaje a base de culebras hasta sumergirla en un remojo de orina de ratón (¡ah, qué asco!). Su obsesión era tal que escrutaba con disimulo los rostros de cada visitante, buscando desesperadamente al menos a una persona que compartiera su misma carga.
Hasta que un día, un discípulo que viajó a la ciudad regresó con una revelación: un médico chino le había iniciado en los arcanos del arte de reducir narices... ¿Será posible? Este cuento es, sencillamente, magnífico; nos sumerge con una ironía finísima en las cuitas del pobre monje, haciéndonos sufrir y empatizar con cada uno de sus tormentos.
Rashomon (羅生門)
El cuento arranca en una noche fría y lluviosa. Un lacayo que acaba de ser despedido por el amo al que sirvió durante años se encuentra bajo la estructura de Rashomon esperando a que escampara, sopesando con angustia su futuro y la posibilidad real de convertirse en ladrón. A medida que la lluvia arreciaba y reflexionando sobre su destino, comenzó a caminar por la puerta y subió unas escaleras oscuras. Arriba no había más que silencio y algunos cuerpos sin vida, hasta que vislumbró que algo se movía...
Aquí se desvanece cualquier rastro de la sonrisa que nos dejó Kappa; en este cuento no hay risas, sino una atmósfera turbia que roza el asco y la asfixia moral. Akutagawa vuelve a demostrar que es de esos escritores dotados del talento absoluto para hacernos transitar por todas las emociones que se propone: la risa, el miedo, la vergüenza, el asco... Da verdadera pena comprobar las pocas opciones que tenemos para disfrutar de su pluma, cuando es evidente que en el conjunto de sus cuentos se esconden auténticas maravillas literarias que merecen ser descubiertas.
El trágico abismo del autor: insomnio y Veronal
Más allá de sus páginas, resulta imposible acercarse a Akutagawa sin rozar la profunda tragedia que marcó su existencia. No era un drogadicto en el sentido recreativo, sino un hombre destrozado por un insomnio crónico severo y una salud mental muy frágil, aterrorizado por el miedo constante a heredar la locura de su madre. Para poder conciliar el sueño, dependía del Veronal, un barbitúrico muy potente que le facilitaban médicos amigos —como el poeta y psiquiatra Mokichi Saitō—. Ese desgaste constante y esa dependencia se convirtieron en su trágica salida el 24 de julio de 1927, cuando una sobredosis puso fin a su vida a los 35 años.

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Comentarios
Gracias a tus informaciones, creo que la veré de nuevo, ... con otros ojos...
Saludos
La película no cambia, pero está bien eso de “el por qué de las cosas”.
Saludos,
Bara
Recomiendo leer "El biombo del infierno" del mismo autor.
El biombo del infierno no lo he leído, así que, apuntado, en cuanto lo consiga lo leo.
Gracias, saludos,
Bara
Aquel ""Rashomon y otros cuentos" tuve la suerte de encontrarlo y debo leerlo... por febrero, espero.
Creo que cualquier texto de este nipón no tiene pierde.
Un abrazo.
Un abrazo Manolo,
Bara